Confieso que el sacar a cuento a mi novia me hizo malísima impresión. Me contenté con sonreír levemente y traté en seguida de cambiar de tema. Pero él insistió al cabo de un momento:

—¿Y cuándo se caza uzté, compare?... Ezo huele ya a puchero de enfermo.

—No sé cuándo me casaré ni si me casaré—respondí, bastante secamente.

—Todo ezo es mojama, amigo. ¡Ahora que tiene uzté los dos milloncetes en el borziyo, viene uzté con remilgos!

Sentí aquella frase como un bofetón en la mejilla, y le dije, frunciendo el entrecejo, en tono áspero:

—Ruego a usted, Suárez, que no siga en ese camino, porque vamos a reñir. No tolero bromas sobre tal asunto.

El malagueño volvió a reír, diciendo con protección:

—Vamo, no ze críe uzté bilis, ahora que está uzté en vízperas de ser feliz.

—¡Nada, nada: lo dicho!—repliqué, con las mejillas encendidas ya y con acento más imperioso.

—A la zalú de uzté y de zu gachona—dijo por toda contestación, sorbiendo una caña.