Cambiamos de conversación, y volvió a reinar la alegría y cordialidad. Bebimos el otro par de botellas. Noté que cada vez hablábamos más alto, y sentí en el rostro un calor extraordinario. El de Suárez permanecía tan sereno y cetrino como siempre. Sólo sus ojuelos, siempre vivos, parecían bailar ahora arrebatadamente. Dije que en aquel cuartucho hacía demasiado calor, y me levanté para quitarme la americana, pero al hacerlo observé que la habitación se bamboleaba.

—¿Sabe usted que estoy un poco mareado?... El humo de los cigarros y el calor que aquí hace... ¿Quiere usted que salgamos a refrescarnos?

Daniel se levantó a su vez; me prohibió pagar, porque tenía allí cuenta abierta, y salimos a la calle. Bajamos a la de las Sierpes, única donde quedaban aún ciertos residuos de animación. Había algunos cafés abiertos. Al través de los cristales veíamos a los rezagados parroquianos gesticular delante de las mesas, aunque ninguna palabra llegaba a nuestros oídos. La noche era espléndida, como casi todas las de aquella venturosa región. Estábamos a últimos de octubre. Suárez se quejaba de que estaba un poco fresca. Para mí, hombre del Norte, aquello era una temperatura deliciosa, y no me subí siquiera el cuello de la americana, como hizo mi compañero. Sentía la cabeza caliente; me quité el sombrero y caminé con él en la mano. Suárez me propuso dar una vuelta por el muelle, y yo accedí gustoso porque sentía la necesidad de despejarme.

Comenzamos a discutir sobre política con calor. Seguimos todo el paseo de las Delicias, enteramente solitario a tales horas, y cuando nos cansamos de caminar hacia abajo, dimos la vuelta por el muelle. En una de las pocas pausas que hicimos, Daniel dijo de pronto:

—Diga uzté, amigo: ¡zupongo que ahora podré enjabonarme las manos de balde!

—¿Pues?

—¡Como uzté va a zer el dueño de una fábrica de jabones...!

—¡Ah, sí!—exclamé, sonriendo crispadamente.

No sé por qué, aquella noche me molestaba de un modo horrible cualquiera alusión a mis amores. Suárez, o por imprevisión o por malicia, cometió la falta de insistir:

—La barbiana vale máz que la fábrica, aun... para un andaluz. A uzté, como ez gallego, le guztará más la fábrica.