Sin aguardar más, a mano vuelta, según íbamos caminando emparejados, le dirigí una tremenda bofetada, que le hizo caer sobre los vagones estacionados sobre la vía del muelle. Me pareció entonces que me había dicho la injuria más atroz que a ningún ser humano puede dirigirse. Y, no contento con esto, me arrojé sobre él con rabia, dirigiéndole con los golpes mil denuestos:

—¡Canalla! ¡Granuja! ¡Tío indecente!

Suárez, repuesto un poco, me echó las manos al cuello, y comenzamos a forcejear furiosamente. Los dos estábamos bastante cargados de alcohol; pero yo era más alto y más fuerte. Pronto conseguí separar las manos de mi enemigo, que me oprimían, y le abrumé a mojicones. Mas, de repente, vi brillar un arma en su mano, y casi al mismo tiempo sentí hacia la cadera como la impresión de un alfilerazo.

Me arrojé de nuevo sobre él y le sujeté la mano en que tenía la navaja.

—¡Cobarde, suelta esa navaja!—le decía.

Y dábamos vueltas por el muelle, sin hacernos cargo de que estábamos a la orilla del agua. En una de estas vueltas me falló un pie y caí al río, no sin arrastrar conmigo al malagueño. No le vi más. La impresión del agua fría apagó la calentura de ambos. Solté las manos y el primer pensamiento de los dos al salir a la superficie fue el de salvar nuestras preciosas existencias. Cada cual nadó por su lado.

Al ruido que habíamos hecho habíanse despertado algunos marineros que dormían en los barcos anclados, y acudió también la pareja de carabineros que estaba de vigilancia. Diéronse voces de socorro; prodújose el alboroto consiguiente. A mí me sacaron en vilo dos marineros que habían saltado en un bote. A Suárez fueron a sacarle un poco más lejos, por las escaleras mismas del muelle.

Pero al poner el pie en el bote me encontré con que no podía mantenerme derecho.

—Estoy herido—les dije—. Háganme el favor de llevarme a casa.

Subiéronme al muelle, y se vio que, en efecto, destilaba sangre por una cadera. Entonces los carabineros prendieron a Suárez, y uno de ellos le condujo a la Inspección. A mí me transportaron a la botica más próxima; se llamó al boticario, que dormía; bajó éste y examinó la herida. Era mayor de lo que yo pensaba. Me hizo la primera cura provisional y mandó que inmediatamente me trasladasen a la cama y se avisase al médico. Lleváronme en una silla hasta casa. No fue pequeño el susto que allí hubo al verme entrar de aquel modo. Los huéspedes se levantaron, y todos se pusieron en movimiento para socorrerme. Matildita se hizo merecedora de mi gratitud eterna por la actividad prodigiosa que desplegó en atenderme, a pesar de hallarse la pobrecita muy asustada.