Aquellas reticencias respecto a Gloria, con que no contaba, me molestaron más aún que el discurso de don Oscar, que se apresuró a tomar la palabra, diciendo:

—No estoy conforme con casi nada de lo que acaba de decirnos este caballerito. Ha hablado bastante, y a pesar de traerlo aprendido de memoria, he observado mucha confusión y mucho desorden en su perorata. Ha pronunciado frases, muchas frases; pero ideas razonables y serias he hallado muy pocas. En primer lugar, este caballerito nos habla de su matrimonio con la desdichada hija de doña Tula como de cosa resuelta y juzgada, sin tener en cuenta que su madre puede reclamarla al instante y hacerse cargo de ella en tanto no cumpla los veinte años. Para entonces, ¿quién sabe si se habrán modificado sus ideas? Después de esta afirmación, que considero atrevida y un poco desvergonzada, nos habla de sus sentimientos honrados, de su respeto a la autoridad paterna y de otra porción de cosas por el estilo, que son en su boca risibles. El que ha entrado en esta casa usurpando un nombre para mejor engañarnos; el que se ha vendido por amigo y dependiente de la casa para seducir a la hija de su dueño; el que ha tenido la osadía de oponerse con el revólver en la mano a que se cumpliese la voluntad de una madre, produciendo un escándalo en la calle, no debe venir hablándonos de sus sentimientos, porque ya los conocemos bien. Este caballerito ha visto una joven que le han dicho que es rica y huérfana, y ha abierto el ojo. Quiere a todo trance hacer fortuna, y no repara en llevar la discordia y la desolación a una familia. Le prevengo, sin embargo, que todavía no ha caído en sus manos. Si esta excelente señora quiere seguir mi consejo, no sólo no concederá el perdón a su desobediente hija, sino que mañana mismo la reclamará. Veremos si, a pesar de la protección de su magnate (que más le valiera atenderse a sí mismo), no se cumplen las leyes.

La voz cavernosa del enano, poblando de sones ásperos y profundos la estancia, resonó todavía después de haber callado. Sus piernas, que no llegaban al suelo, se movían como péndulos; sus enormes bigotes, proyectados por la luz en la pared, parecían dos grandes colas de zorro.

—Me parece, don Oscar—profirió doña Tula con su vocecita aguda—, que ha tratado usted demasiado mal a nuestro amigo Sanjurjo... ¡Este bendito señor es tan severo!—dirigiéndose a mí con una mirada falsa—. ¡Pobresito! No se disguste usted demasiado, que todo se ha de arreglar con la ayuda de Dios Nuestro Señor.

—Doña Tula, aquí no hay severidad—replicó el enano—. Lo que he dicho del señor es lo que, dado su proceder, me parece justo.

—Bien, don Oscar, bien...; pero hágase cargo de que es muy joven y no es bueno aturdirle. La juventud no reflexiona.

—Lo dicho, dicho, doña Tula.

Se me figuraba estar escuchando esos juegos en que los organistas se entretienen, a veces, soltando alternativamente los registros más agudos y más graves del órgano.

No me descompuse en manera alguna por los insultos del enano. Los había previsto y tenía formado mi plan para responder a ellos.

Después de un breve silencio comencé diciendo, sin dirigirme a él—como él había hecho conmigo—, que sentía en el alma haber incurrido en el desagrado de una pareja tan discreta, tan ilustrada...—golpe de bombo aquí—. Que, en efecto, había entrado en la casa por medio de un subterfugio, impulsado a ello por la esperanza de hacerme simpático a la mamá de Gloria...