—No lo ha conseguido usted—interrumpió groseramente don Oscar.

—Lo siento mucho, pero mi intención era buena—dije, echando una mirada a doña Tula, que bajó la suya, más por sumisión al terrible enano que por hacerme agravio. Eso me pareció al menos.

Respecto a lo que había afirmado acerca de mis sentimientos y los móviles que me habían impulsado para dirigir mis obsequios a Gloria, insistí con firmeza en lo que había dicho, pero sin alterarme. Conté sencillamente cómo había sido nuestro conocimiento y cómo la había amado sin saber si era rica o pobre, incitado, más que por nada, por su carácter franco y abierto y por la bondad de su corazón...

Aquí doña Tula dejó escapar una risita irónica, y el enano sacudió su cabeza de tal modo que las colas de zorro dieron varios paseos por la pared en un segundo.

Dejé adrede, para lo último, la cuestión del casamiento.

—Es cierto—dije—que la señora puede impedir nuestra unión mientras no cumpla su hija los veinte años...; pero—añadí, sonriendo—eso de exigir que vuelva a su poder traería tal vez algunos inconvenientes, sobre todo para el señor. Hay en el Juzgado una querella suscrita por Gloria, a la que no se ha dado curso hasta ahora por mi intervención. Se da cuenta a la autoridad de cómo ha sido violentada para entrar en el convento y ha tenido que sufrir malos tratamientos de una persona que no puede invocar derecho alguno sobre ella... Como la persona aludida es aquí, el señor, en el momento en que se dé curso a la queja el juez vendrá a averiguar no sólo lo que ha pasado, sino cuál es el verdadero papel que el señor desempeña en esta casa. Y deploraría que esto se realizase, por tratarse de un sujeto a quien debo muchas atenciones...

—No debe usted nada—interrumpió el enano con mal humor—. Me tiene sin cuidado que el juez entre en averiguaciones, de las cuales no puede resultar nada, absolutamente nada.

A pesar del acento desdeñoso de don Oscar, observé que manifestaba en el rostro señales de inquietud. Después de haber callado, sus bigotes se estremecían con leve temblor, que era más visible en la pared.

—Salvo siempre su autorizada opinión—dije sin abandonar mi sonrisa impertinente—, me parece que tal afirmación es un poco prematura, sobre todo teniendo en cuenta que el señor no sabe los testigos y las pruebas que el juez ha de examinar.

—¡Calumnias y falsedades serán!—gritó el enano, ya enteramente descompuesto.