—¿No oyes?—me dijo Gloria, mientras una sonrisa feliz se esparcía por su rostro—. Son las niñas que están en récréation.
—¿No te apetece ir a jugar a los aros o al volante?—le pregunté riendo.
—Un poquito, no creas.
Nos introdujeron en el locutorio, que era una gran pieza cuadrada y bastante clara, partida al medio por una reja. Del lado de allá se veía una puertecita, y a su lado una pila de agua bendita. Gloria preguntó a la hermana lega que nos había introducido si seguía siendo superiora la hermana Saint-Just; y habiendo respondido afirmativamente, le encargó le dijese que una señora deseaba verla. Esperamos un rato, sentados en sillas al pie de la reja, y al cabo vimos entrar a la superiora por la puertecita del fondo, tomar con los dedos agua bendita y santiguarse. Era una monjita flacucha y pálida, de unos cuarenta años de edad. Gloria se levantó, acercó la cara a la reja y le dijo sonriendo:
—La gracia del Espíritu Santo sea con vuestra reverencia. ¿No me reconoce?
La monja la miró sorprendida por el saludo, sólo usual en el convento; pero no dio señales de conocerla.
—Sea siempre con ella, señora... No tengo el gusto...—respondió con marcado acento francés.
—¿No se acuerda de la hermana San Sulpicio?
—¡Ah!—exclamó, mientras todos los músculos de la cara se le contraían con una sonrisa—. ¡Ah! ¡La hermana Saint-Sulpice, la andaluza! ¡Quién había de pensar...! Y eso que ya sabía que no estaba usted en el convento.
—Me he separado del camino que llevaba solamente por saludar a ustedes.