La superiora se mostró muy amable, con esa cortesía humilde y empalagosa de las monjas. Recordó algunas anécdotas que demostraban el carácter bullicioso y alegre de mi esposa, dejando escapar al mismo tiempo una risita protectora y compasiva, por donde, sin duda, quería dar a entender que nunca la había juzgado con suficiente seso y virtud para aquella vida de perfección.

Mi mujer quiso ver a sus antiguas compañeras: la hermana San Onofre, la hermana María del Socorro y otras. Algunas de ellas ya no estaban allí. Sin embargo, la superiora salió y se presentó a los pocos instantes con cinco o seis hermanas, que saludaron a Gloria con sonrisa muy pronunciada, pero con poca efusión.

Todas parecían confusas y avergonzadas. La sonrisa era tan persistente en su rostro, que llegaba a convertirse en mueca. Mientras hablaban se frotaban suavemente los nudillos de la mano izquierda con la palma de la derecha. Todo era admirarse de verla en traje de seglar y tan cambiada que, según decían, nunca la hubieran conocido. Aquella admiración me iba pareciendo un poco impertinente y creo que a mi mujer también: «¡Vaya con la hermana San Sulpicio! ¡Siempre tan alegre! ¡Cuánto nos hemos reído con ella! ¡Ay, qué hermana! ¿Quién había de conocerla? No parece la misma.» Y sus palabras y sus gestos dejaban traslucir la misma idea que los de la superiora; esto es, que nunca la habían juzgado con el espíritu de oración y contemplación indispensable para ser esposa de Jesucristo, o sea, hablando vulgarmente, que la habían considerado toda la vida como una joven sin chaveta.

A todo esto, ni la superiora ni las hermanas habían preguntado quién era yo y cómo y por qué se encontraba Gloria en aquel sitio. Dirigíanme con disimulo vivas miradas de curiosidad, advirtiéndose que les embarazaba mi presencia. Yo no había despegado los labios. Mi esposa, picada, sin duda, de aquella preterición, les dijo de pronto:

—¿No saben vuestras caridades que me he casado?

Las hermanitas soltaron la carcajada.

—¡Ay, qué hermana! ¡Siempre de tan buen humor!—exclamó la superiora.

—Sí, madre; me he casado hase un mes y tres días con este buen moso que ustedes ven delante... No tiene más que un defecto—añadió, poniéndose triste—, y es que es gallego... Pero no lo parese, ¿verdad?

—¡Qué hermana!—volvieron a exclamar algunas monjitas—. ¡Qué gracia tiene! ¡Pues no dice que se ha casado!... ¡Lo que no se le ocurre a ella!...

—¡Qué! ¿No quieren vuestras caridades creerlo?