Las caridades siguieron riendo, arrojándome miradas penetrantes y maliciosas.

—¡Pues ahora mismito se van ustedes a convenser!—exclamó mi esposa con arranque.

Y echándome al mismo tiempo los brazos al cuello, comenzó a darme sonoros besos en las mejillas, diciendo:

—Rico mío. ¿No es verdá que eres mi mariíto? ¿No es verdá que soy tu mujersita? ¿No es verdá que estamos casaos? ¡Di, corasón! ¡Di, vidita!

Mientras trataba, avergonzado, de huir sus caricias, oí exclamaciones de reprobación y vi que las monjitas escapaban asustadas hacia la puerta. Una de ellas, más intrépida, se apoderó de los cordones de la cortina y tiró de ellos con fuerza. La cortina, al correrse, lanzó también un chirrido de escándalo. Todavía escuché pasos precipitados y rumor de voces. Después, nada; se hizo el silencio. Mi esposa, riendo a carcajadas y ruborizada al mismo tiempo, me cogió de la mano y me sacó de la habitación. Cruzamos los tristes corredores de esta suerte, bajamos la escalera, atravesamos el largo portalón, y cuando nos vimos en la calle, le dije, medio enfadado:

—¡Chica, qué loca eres! ¡A quién se le ocurre!

—Perdona, hijo—respondió, riendo y encarnada todavía—. Me estaban poniendo nerviosa. Tan bien sabían que éramos casados como el cura que nos echó la bendisión.