—Parece, a juzgar por la mirada que le ha echado, que no le es usted enteramente antipático.
—Ni usted tampoco, si es soltero...
—¿Tanta gana tiene de marido?
—Una mijita. Cuando su padre fue a establecerse a Málaga, hace siete u ocho años, era un hombre rico: esta niña podía tener entonces diez y seis años, lo más. Entonces era otra cosa. Con aquello de que su papá tenía cinco vapores en el muelle y arreaba cuatro jacos de primera cuando salía a paseo, y en todas partes se presentaba soplando por la trompeta, estaba la chica que cualquiera se acercaba a ella. El papá, que la quería tanto como Dios quiere a su madre, la cumplía todos los gustos, y, claro, la niña decía ¡pa riba! Llegó a tener más humo que echa una locomotora. Se acercaron tres o cuatro muchachos, hijos de labradores bastante acomodados, y... ¡de codo!... Pero ese tío ha dado de c... hace dos años. Todo aquello de los vapores y los jacos y los bailes lo llevó el aire: se quedaron con el día y la noche: los pretendientes desaparecieron, los años aumentaron, y naturalmente, la niña, en vez de decir ¡pa riba!, dice ahora ¡pa bajo!... Conque si usted quiere picar, ya sabe...
—Gracias.
—¡Phs! la niña, aunque madurita, no tiene mal aquel... vamos... Me parece, sin embargo, que la pobrecilla irá a sentarse en el polletón?
—¿Qué es eso?
—¿No sabe usted lo que es el polletón?—preguntó, haciendo una mueca rara y dejando escapar de la garganta un sonido más raro aún, que debía de equivaler a una carcajada.—Pues es un lugar muy alto que hay allá en el cielo, donde van a sentarse las que mueren solteras.
Dimos algunas vueltas por el parque y observé que conocía mucha gente, porque al parecer era mucha la que había a la sazón, de Málaga. Lo que más me sorprendía era la seguridad y precisión con que determinaba la hacienda de cada uno de sus conocidos. Veíamos, por ejemplo, una señora con su hijo.
—El marido es comerciante en sederías. Tiene unos cuarenta mil pesos.