Encontrábamos a dos niñas con sus novios respectivos.

—Ni una peseta; el palmito y nada más.

Pasábamos cerca de un caballero anciano.

—Adiós, D. Juan... Propietario rico; su labranza vale más de cien mil pesos.

Parecía que estaba dedicado exclusivamente a tasar los bienes ajenos.

Me repugnó algo aquella sórdida cualidad. A las pocas más vueltas que dimos acerté a ver a las monjas, a quienes acababa de dejar el padre Talavera, y me despedí para acercarme a ellas.

—Vaya usted con Dios—me dijo con un acento donde creí advertir cierta burla. Al mismo tiempo observé que se fijaba descaradamente, deteniendo el paso para ello, en la hermana San Sulpicio.

La primera vez que volví a encontrarle, cuando íbamos a sentarnos a la mesa, me preguntó en tono frívolo y burlón:

—¿Qué tal la monjita?

—¿Qué monjita?—pregunté a mi vez secamente, presto a irritarme.