—¿Pues cuál ha de ser? Esa chatilla de los ojos negros que le trae a usted dislocado.

—¿Que me trae a mí dislocado?—repetí, poniéndome como una cereza.—Vamos, usted está loco o quiere quedarse conmigo... y conmigo no se queda nadie, se lo advierto. Yo conozco esas monjas desde hace cinco o seis días. He sido llamado como médico por la madre superiora, después las he acompañado alguna vez por cortesía. Nada más que esto. Ni yo estoy dislocado por nadie, y mucho menos por una monja, lo cual sería un absurdo, ni tengo con ellas más que un conocimiento superficial, como los que aquí se engendran, ni he reparado si tiene los ojos negros o azules, ni tiene sentido común semejante cosa.

Dije estas palabras con energía y mostrando demasiado claramente mi irritación.

Suárez me miró con sorpresa y respondió con acento mitad afectuoso, mitad despreciativo:

—¡No se apure usted, buen hombre! Déjelo usted correr, que ya parará. Me han dicho por ahí que le gusta a usted esa morena. ¿No le gusta a usted? Pues corriente. A mí sí; porque es una mujer castiza, ¿sabe usted? de esas que al llamarlas dicen con la mano ¡vuelvo!

—A mí no me apura una broma de ese género—dije sosegándome y un poco acortado.—Pero se trata de una monja, y ya comprenderá usted que los que tenemos creencias no podemos tolerarlo. Sería feo y repugnante hablar de una religiosa como de una mujer cualquiera.

—Pues mire usted, amigo—me respondió con mucha calma, soltando el consabido chorrito por el colmillo,—al verle a usted tan bravo, cualquiera diría que le han tocado en lo vivo. Si es así, ¡a ello! Yo le doy la absolución... Oiga usted: le prevengo que no ha sido ocurrencia mía. Todo el mundo dice por ahí que le hace usted la rosca a la monjita: ¡conque ojo!

Respondí con un gesto desdeñoso; pero en realidad me puso inquieto la noticia.

—¿Esas monjas hacen voto de castidad para siempre?

—No, señor; los renuevan cada cuatro años.