—Pues callando.
—Dígame usted cómo se llamaba antes de ser religiosa.
—¿Para qué quiere usted saberlo? De todos modos, no puede llamarme de ese modo, ni yo puedo responderle.
—No importa, lo guardaré en el fondo del pecho y allí lo tendré sin comunicárselo a nadie, como un recuerdo precioso de usted.
—¡Anda! ¡Cualquiera diría que es usted gallego! Con esas palabritas gitanas, más parece usted un gaditano.
—¿El nombre?
—Nada, no quiero que se lo guarde usted en el pecho. Le va a producir catarros.
—Guasitas, ¿eh?
—Además, ¡quién sabe los que tendrá usted ya ahí almacenados! Una religiosa tiene que mirar mucho la compañía...
Después, quedándose un momento pensativa, sugerida la idea sin duda por la asociación, me preguntó: