—¿Va usted al baile esta noche?
—¿Al baile del Casino?
—Sin duda.
—Pues sí, señora, tal vez dé una vuelta por allí... En estos sitios de baños hay tan pocos recursos para distraerse, que si uno no aprovecha las fiestas... Sin embargo, si usted no quiere, no iré.
—¿A mí qué me importa que usted vaya o no vaya?—respondió con viveza; pero volviendo sobre sí de repente, añadió:—Digo, no, perdóneme usted y que me perdone Dios; he dicho una necedad. Los bailes son lugares de perdición y debemos desear que no vaya a ellos nadie.
—Entonces no los habría... De modo que no quiere usted que vaya.
—Si usted me consulta, tengo el deber de aconsejarle que no vaya—me respondió adoptando por primera vez un tono sumiso y monjil que no le cuadraba.
—Bien, puesto que usted no quiere, no iré; pero en cambio me va usted a decir cómo se llamaba.
—¿Ya pide usted réditos? Las buenas acciones las premia Dios en el cielo.
—Y a veces en la tierra, por conducto de sus elegidos. Sea usted el conducto de Dios en este momento, hermana.