—Pues yo sí: revolcándose en la carretera.
—¡Ah pícaro!
—¡Corre, corre, que te pega tu madre!
Y arrastró riendo al chico, que caminaba ahora de bonísima gana, hacia una fuente próxima, y allí le lavó y le peinó con las manos todo lo esmeradamente que pudo.
Pues digo que, por estos y otros síntomas semejantes, me parecía que la hermana no estaba haciendo una esposa de Cristo modelo; esto sin tratar de ofenderla. Y comencé a gestionar el divorcio con ahínco, pues no hay nada que peor parezca que un matrimonio malavenido. Lo primero que hice, el mismo día en que la madre me comunicó los pormenores mencionados, fue procurar adelantarme un poco en el paseo en su compañía, y cuando comprendí que no podía ser oído por las otras monjas, decirle a boca de jarro:
—Diga, hermana, ¿piensa renovar los votos el mes próximo?
La pregunta estaba hecha para turbarla, y merced a su turbación averiguar algo de lo que acaecía en su espíritu. Pero yo no había estado en Andalucía, ni tenía idea de lo que es una sevillana.
—¿Y a usted qué le importa?—me contestó sin alterarse poco ni mucho, mirándome con expresión maliciosa a los ojos.
El que se turbó fui yo, y no poco.
—A mí, nada... digo, sí, mucho, porque todo lo que se refiera a usted ¡claro! ¡me interesa! ¡claro!...