—¡Oscuro! digo yo, ¡oscuro! ¿Por qué le ha de interesar a usted que una religiosa renueve sus votos?

Debí espetarle en aquel momento la declaración que tenía preparada, ¿no lo creen ustedes así? La ocasión era que ni encargada. Pues no me atreví, ¡ea, no me atreví! En vez de decirle: «Porque yo la adoro a usted, y sería para mí una horrible desgracia esa renovación que me arranca toda esperanza de ser algún día amado por usted», comencé a balbucir como un doctrino, concluyendo por decir una sarta de necedades que sólo al recordarlas me pongo colorado.

—Porque a mí me complacería que usted los renovase... vamos... que usted los renovase con gusto... No es decir que lo haga sin gusto... vamos... Pero yo creo que cuando se hace un voto como ése con vocación, puede pasar... pero cuando se hace sin ella, debe de ser una gran desgracia... Porque es muy serio... ¡Caramba si es serio!

Cuando yo decía esto, ella parecía muy lejos de estarlo. Mirábame con ojos donde chispeaba la gana de soltar una carcajada. Paré, pues, en firme la lengua, y más colorado que un pavo tosí tres o cuatro veces hasta reventar, supremo disimulo que hallé entonces, y le pregunté, afectando gran dominio de mí mismo, cuántos vasos había bebido ya.

Entablamos una conversación indiferente. Sin embargo, a los pocos momentos ella misma volvió a sacar la otra. Nos habíamos sentado en un banco del parque. Enfrente, sentadas en otro, estaban la madre, la hermana María de la Luz y una señora, de Sevilla también, que estaba tomando las aguas, llamada D.ª Rita. En una pausa me preguntó:

Conque usted deseaba saber si pienso renovar mis votos, ¿verdad?

—Sí, señora—le respondí sorprendido.

—Pues voy a satisfacerle a usted la curiosidad. No, señor, no pienso renovarlos.

—¡Caramba, cuánto me alegro!

—Puedo decirlo sin pecado—añadió sin hacer caso de mi exclamación,—porque es mi propósito firme desde hace tiempo, y así se lo he comunicado al confesor. ¿Quiere usted saber más, fisgón, chinchosillo?