—Sí, señora—repliqué riendo;—quiero saber por qué, no teniendo vocación... Digo, me parece que no la ofendo a usted.
—No, señor, no me ofende usted. Adelante.
—Por que, no teniendo vocación, se ha hecho usted monja.
—¡Oh! Eso es largo de explicar—dijo poniéndose repentinamente seria.—Además, esas cosas sólo se pueden decir a personas de mucha confianza... y usted es un amigo de ayer.
—¿Cómo de ayer?
—Bueno, de anteayer... es igual.
—Pues aunque soy tan reciente, crea usted que lo soy de veras, y que tendría placer muy grande en demostrárselo... aunque fuese con cualquier sacrificio... Porque usted es muy simpática a todo el mundo por su carácter franco y espontáneo, pero crea usted que a mí lo es más que a nadie... A los que nacimos y vivimos en el Norte, esa espontaneidad, esa gracia que tienen las andaluzas nos causa una impresión inexplicable. De mí sé decirle que no encuentro música más grata que el acento de usted. Me pasaría las horas muertas oyéndola hablar. Y no sólo por la gracia y el encanto que tienen sus palabras, sino porque adivino en usted un corazón tierno y apasionado...
Este era el camino más despejado para llegar a una declaración. Creo que hubiera llegado sin mayor tropiezo a ella si no se hubiese presentado inopinadamente delante de nosotros aquel maldito chiquillo que el día anterior habíamos hallado en la carretera.
—¡Perico!—exclamó la monja levantándose.—Pero ¿qué cara es ésa, niño? ¿Dónde te has metido, lechoncillo?... Señores, miren ustedes qué cara—añadió cogiéndole por la cabeza y presentándonoslo, sonriendo.—¿Habrá cosa más chistosa en el mundo? ¿No da ganas de comérselo?
Y sucio y asqueroso como estaba, le repartió en el rostro unos cuantos besos. Después, limpiándose la boca con movilidad pasmosa, arrepentida de haberlo hecho, comenzó a insultarle.