Ahora debo recordar que, aunque poeta, soy gallego. En el fondo de mi naturaleza se encuentran tan bien casadas estas dos cualidades, que casi nunca se mortifican o se dañan. El gallego sirve para refrenar los ímpetus exagerados del poeta. El poeta ejerce el bello destino de ennoblecer, de dar ritmo armonioso a la existencia. Pues bien, al escuchar las palabras de Suárez, el gallego me hizo ver inmediatamente el aspecto práctico del asunto, que el poeta tenía olvidado de un modo lamentable. ¡Dos millones! Las gracias de la hermana, ya muy grandes, crecieron desmesuradamente con aquella repentina aureola de que la vi circundada. El gozo se me subió a la cabeza, y no tuve la precaución de disimularlo.
—Pues, amigo Suárez—dije echándole el brazo por encima del hombro, en un rapto de expansión,—todavía puede remediarse todo.
El malagueño volvió hacia mí la cabeza un poco sorprendido.
—Aún puede remediarse, porque la hermana no parece muy dispuesta a consagrarse a Dios por toda la vida.
—¿De veras?—preguntó con acento indefinible, sonriendo como a la fuerza.
—Hombre, ¿cree usted que una mujer con esos ojos asesinos... y ese aire... y esa gracia, ha nacido para encerrarse en un claustro?
Alzó los hombros desdeñosamente.
—¿Y no tiene usted más datos que esos para creer lo contrario?... Es poco, compadre—dijo, dando un chupetón al cigarro y soltando el consabido chorrito de saliva.
Me hirió aquel acento desdeñoso, y no pude reprimir un desahogo de la vanidad.
—Hay más, hay más, querido. Tengo su palabra terminante.