—¿Palabra de matrimonio?—preguntó con sorna.
—No, palabra de salir del convento.
—Si puede.
—Ya haremos lo posible por que pueda—repuse con fatuidad.
Quedó pensativo, y seguimos paseando un rato en silencio. Al cabo, comenzó, como suele decirse, a meterme los dedos en la boca, y vomité cuantas menudencias de significación o insignificantes habían acaecido entre la hermana y yo en los breves días que la trataba. Sentía yo el gozo de todo enamorado en abrir el pecho y poner de manifiesto mis alegrías, temores y esperanzas. Medianamente satisfecho debió de quedar el malagueño de aquellas confidencias, a juzgar por la afectada indiferencia con que después me habló de otros asuntos enteramente apartados del que me preocupaba; tanto que no pude menos de preguntarle con zozobra:
—Y respecto a la hermana, amigo Suárez, ¿cree usted que mis esperanzas tienen alguna base, o será todo engaño de la imaginación?... Porque ya sabe usted... cuando a uno le gusta cualquier mujer, todo lo convierte en sustancia.
—Phs... Me parece que la hermanita es una chicuela con un puchero de grillos en la cabeza. Ni sabe lo que quiere, ni por lo visto lo ha sabido en su vida. Al cabo hará lo que le manden... Conozco el paño.
Me molestaron grandemente aquellas palabras, no tanto por el desprecio que envolvían hacia la mujer que me tenía seducido, como por encontrar en ellas alguna apariencia de razón.
Poco después, como tratase de despedirme de él para unirme de nuevo a las monjas, me retuvo por el brazo.
—¡Vamos, hombre, no haga usted más el oso!—dijo riendo.—¿No le parece a usted que basta ya de guasa?