—¿Quiere que yo la acompañe entonces?

—Vamos, hermana, déjese usted oír—dijimos casi al mismo tiempo D. Nemesio, el sabio fondista y yo.

—¡Qué guasa! ¿Quieren ustedes reírse?... ¡Haría buena figura una monja cantando a la puerta de casa!

—Por eso no quede—dijo el fondista.—Vámonos a la sala. Ahora no hay nadie...

La hermana siguió riendo, sin dejarse persuadir. No obstante, se adivinaba que la retenían más los respetos de su estado y el de la superiora que la falta de deseos. Cuando ésta, instada por nosotros, le dijo:

—Como no haya nadie más que estos señores, por mí bien puede hacerlo.

Se levantó con graciosa resolución exclamando:

—Malo y rogado son dos cosas malas... Vamos andando.

Levantámonos todos también con alegría y en pelotón fuímonos a la sala. La hermana María de la Luz iba haciendo gestos de susto y escándalo.

La sala era una estancia cuadrada bastante capaz y casi tan desmantelada como el resto del edificio: un sofá de paja, una docena de sillas, una consola de caoba con pequeño espejo de marco dorado encima y algunos cuadros colgados de la pared componían todo su mobiliario.