La hermana tomó la guitarra luego que todos nos hubimos acomodado en las sillas, y comenzó a rasguearla dulcemente. Me fijé en sus manos, que desde que la conocí me habían llamado la atención. Cada hombre tiene su fetichismo respecto a la mujer, y yo poseo el de las manos, como otros el de los pies, el de los ojos, los cabellos, etc. Para mí no hay mujer hermosa con las manos feas. Las de la hermana San Sulpicio eran ideales; no excesivamente pequeñas, pues éstas antes me causan repugnancia que placer, de piel tersa y levemente sonrosada, macizas, de dedos bien torneados aunque no afilados en demasía. Con la mente estaba mandando mil besos a aquellas manos seductoras.

—¡Jesú, qué guitarriyo tan cruel!—exclamó sacudiéndolo con impaciencia.—¿De quién ha sido el hallazgo?

—Es mía—dijo el fondista inventor avergonzado.—Como todo el mundo la trae y la lleva, no es extraño...

—Vaya, déjese de la guitarra y a ello—manifestó Suárez.

Después de rasguear otro poco, la monja gritó volviendo la cabeza hacia la pared, porque la avergonzaban, sin duda, nuestras miradas fijas.

¡Honraaa!...

Era una voz algo gangosa, si bien se conocía que salía así, más que por ser natural, por la voluntad de parecerse e imitar las voces de las mujeres del pueblo.

Dicen que me andas quitando
la honra, y no sé por qué.

—¡Bueno!—gritó Suárez aprovechando la pausa.

¿Para qué enturbias el agua
que has de venir a beber?