—¡Bravo!—grité yo.
—¡Olé!—dijeron los demás.
La hermana sonrió, dejando ver aquellas filas de dientes blancos y menudos que me hechizaban. Y volvió a cantar:
A mi suegra, de coraje
le he echao una maldisión,
que se la pierda su hijo
y que me le encuentre yo.
—¡Eso, mi niña!—exclamó el desfachatado malagueño.
Yo le eché una mirada atravesada y rencorosa, y dije por decir algo:
—Son peteneras, ¿verdad?
—¡Está usted enterao, amigo!—respondió Suárez riendo.—Malagueñas del riñón mismo del Perchel, cantadas con mucho estilo y con la gracia de Dios.
Quedé bastante avergonzado, y observándolo la hermana, me dirigió una mirada cariñosa, diciendo al mismo tiempo:
—Ahí van peteneras... Por uté.