La Virgen de la Esperansa,
la que se adora en San Gil,
¡Cristo de la Espirasión!
aquella señora sabe
lo que he llorao por ti.
La copla y la voz, levemente bronca y temblorosa, de la hermana me hicieron una impresión tan viva, que sentí removidas todas las fibras de mi corazón, me pasó un frío extraño por el cuerpo y las lágrimas se me agolparon a los ojos, costándome gran trabajo no darles salida.
Otra vez cantó:
Por Dios te lo pido, niña,
y te lo pido llorando,
¡Cristo de la Espirasión!
que no le cuentes a nadie
lo que a mi me está pasando.
Todos palmotearon fuertemente, menos yo, a quien ahogaba la emoción. La madre Florentina exclamó:
—¡Vaya, basta de locuras! Pueden enterarse los de fuera, y sería muy feo.
—Ahora me toca a mí, madre—dijo el malagueño tomando la guitarra.—Uzté no habrá oído cantar una rata, ¿verdá uzté? Pues no se mueva, que ahora mizmito la va a oír.
Manejaba la guitarra con singular maestría, y después de haberla rasgueado y punteado buen rato, comenzó a cantar en voz baja un tango que no había sido inventado precisamente para los oídos de las religiosas. O no comprendieron el torpe sentido de sus palabras, o lo disimularon. Después dio comienzo a unas seguidillas.
—¡Cállese usted, hombre, que no puedo oír eso sin que se me alegren los pies!—exclamó la hermana haciendo un gesto expresivo.
—¿Baila usted?—preguntó Suárez.