—En otro tiempo... ¿Te acuerdas, primita, cuánto hemos bailado en tu casa? ¡Qué jaquecas hemos dado a la pobre tiita!

—¿Quién se acuerda de eso?—dijo la hermana María de la Luz ruborizándose.

—¿Por qué no hemos de acordarnos?... Y bien que lo hacías tú, gachona; bien ajustadito, aunque te hacía falta un poco de garbo.

—Calle, calle, hermana, que ya no nos corresponde hablar así.

Por la regla del instituto no podían tutearse las hermanas aunque fueran próximas parientas. La hermana María de la Luz no olvidaba jamás este precepto; pero su prima lo infringía a cada instante.

—Es necesario ver eso—dijo Suárez.—¡A bailar, a bailar!

—No, no, de ninguna manera—manifestó la madre poniéndose seria.

—Vamos, madre, consienta usted—exclamamos todos a la vez.

Y comenzamos a rogarla con tan vivas instancias, que al cabo de algún tiempo la infeliz mujer no pudo resistir y vino en permitir aquel escándalo, como ella decía, con tal que se explorasen bien los alrededores de la sala, a fin de cerciorarse de que nadie estaba escuchando. Mientras duraron nuestros ruegos, la hermana San Sulpicio mostraba en los ojos una inquietud ansiosa; sus labios rojos temblaban de anhelo. Cuando la superiora dio al fin la venia, todo su cuerpo se estremeció y una sonrisa de dicha iluminó su rostro expresivo.

Pero nos faltaba lo más difícil: convencer a la hermana María de la Luz. Aquella tímida e insignificante criatura rehusaba con tenacidad levantarse de la silla. Fue preciso que su prima la cogiese enérgicamente por los brazos y la alzase casi a viva fuerza.