Volví a repetir mi demanda y la recomendación que traía. El mancebo de los pantalones cortos, tan pronto como se acercó la niña, habíase retirado majestuosamente, proyectando con su nariz en las paredes una sombra gigantesca.
—¡Ah! ¿Una habitación? Venga usted conmigo... Felicia, Felicia, ven a recoger la maleta de este caballero... Por aquí...
Después que solté el equipaje en manos de una criada que se presentó al reclamo de mi diminuta huéspeda, me condujo, sin subir escaleras, a una cámara bastante capaz y medianamente amueblada, que tenía ventana con rejas a la calle.
—¿Le gusta a usted ésta?
Como en realidad no necesitaba otra cosa mejor, dije que sí; pero la chica, temiendo no haberme dejado satisfecho, se apresuró a manifestar que había otra en el piso de arriba, que si deseaba verla...
—¿Es usted el ama?—le pregunté, convencido de que no podía serlo.
—No, señor; soy su hija... pero como si lo fuese—respondió con cierto énfasis.
Y en efecto, tan pronto como me determiné a quedar en aquel cuarto, llamó otra vez a la doméstica y comenzó a dictar una serie de disposiciones respecto al aseo del pavimento, a la cama, al lavabo, etc., en un tonillo despótico, que no dejó de causarme gracia por venir de tan microscópica persona. Observé que la criada la obedecía con prontitud y respeto, y lo mismo un criado a quien llamó para colocar la cómoda que hacía falta.
—¿El joven que salió a abrirme es pariente de usted?—le pregunté.
—¿Eduardito?... Es mi hermano.