Raro me pareció que llamase Eduardito a aquel mastuerzo, y más ella que podría pasar sin inclinarse por debajo de sus piernas.

—¿Pues sabe usted que tienen ustedes bien poco parecido?

—¿No es verdad? A todo el mundo le sorprende... Pues tan poco como en la figura nos parecemos en el carácter. A él se le pasea el alma por el cuerpo...

—Y a usted no le cabe dentro.

—Cierto—respondió riendo.—Vaya, le dejo a usted, que tengo mucho que hacer... ¿Quiere usted tomar algo?... Pues cuando me necesite no tiene usted más que dar una voz... La hora de comer a las siete.,. ¿Quiere usted que le limpien las botas?... Gervasio, Gervasio, ven aquí... Limpia las botas de este señor en un momentito... ¡Vivo! ¡vivo!... Vaya, hasta luego... ¿Su gracia de usted, caballero?

—Ceferino Sanjurjo.

—Mil gracias. Hasta luego.

Así que me hube lavado y aliñado un poco, viendo que aún no eran más de las cuatro de la tarde, salí a dar un paseo por la ciudad. No tengo para qué advertir que la idea que me embargaba totalmente en aquel momento era la de hallar y ver el convento o colegio del Corazón de María, donde tenía el mío prisionero. No quise llamar a Matilde; pero espié sus pasos, y, cuando la vi en el patio, salí de mi cuarto metiéndome los guantes y me hice el encontradizo.

—¿Va usted a dar un paseíto?—me preguntó como si nos tratásemos hacía años.

—Voy a ver un poco las calles hasta la hora de comer... ¿Usted sabe dónde está un convento que se llama, según creo, del Corazón de María?—le pregunté afectando gran indiferencia.