Sin embargo, la protección que los huéspedes le dispensaban, lejos de satisfacerle, le disgustaba, y hasta llegaba a enfurecerle. No podía resistir que hablasen de él a Fernanda y le pintasen su amor y sus penas. Así que manifestó claramente su desabrimiento cuando Villa le dijo que por la tarde había charlado un rato con aquélla a la reja, y que el tema de su conversación había sido él.
—Yo creo, don Alfredo—profirió el mancebo muy amoscado,—que no había necesidad de que usted se metiese en cosas que no le importan.
—Pero, criatura, si usted no acaba de declararse. ¿Quiere usted que tengamos el cargo de conciencia de verle escaparse por la corbata el día menos pensado por falta de cuatro palabritas?
—Bueno, pues déjeme usted escaparme. Ni a usted ni a nadie le ha de venir ningún perjuicio por eso... Acaso valdría más que sucediera—añadió por lo bajo, con voz conmovida y pugnando por detener las lágrimas.
Vamos, don Alfredo, no le maree más... Mire que yo también voy a poner sus trapiyos sobre la mesa—dijo la brevísima Matilde, que mientras comíamos se movía espiando nuestros deseos, satisfaciéndolos o haciéndolos satisfacer por Gervasio.
El comandante se puso un poco colorado.
—Vaya, vaya, a callar, Colibrí. Más te valiera tener cuidado de que este arroz estuviese sabroso.
—Es que, hijo mío, el arrós es muy ladrón; toita la sustansia se traga.
—Pues avisa a la guardia civil, porque yo no tolero más robos de esta clase... Y diga usted, señor Cueto—añadió cambiando de conversación, por temor sin duda de que Matildita cumpliese la amenaza,—¿piensa usted quedarse muchos días entre nosotros esta vez?
—No, señor. Me voy mañana.