—Prontito. ¿Han ganado ustedes al fin las elecciones?

—¡Pues qué íbamos a hasé! Eso me trae todavía. Nunca farta un enrediyo.

—Aquel escribano que tanto les combatía a ustedes estará furioso.

—El pobresito ha fallesido.

—¡Hombre!...

—Sí, antes de las elecsione... Verá usté qué cosa más rara. ¿Se acuerda usté de cuando estuve aquí, hase un mes? Pues bueno; hablando con el señor gobernaor de nuestros asuntos, le dije con franquesa lo que había, que el escribano tiraba de mucha gente y que la madeja estaba muy enredá; hasía farta que él pujase desde arriba hasta echar los hígados para que saliésemos adelante. «¿Sabe usté, alcarde, lo que se me ha ocurrío hase un momento?, me dijo. Me ha dao de repente en el corasón que a ese escribano le va a pasar argo antes de las elecsione... Es un presentimiento... vamos... y mire usté, cuando yo he tenío alguno casi siempre se ha realisao. Ese hombre, para mí, no hase las elecsiones.» No me acordé más de aquel dicho, y me fui al pueblo. ¿Querrá usté creer que a los ocho días justitos, al retirarse por la noche a su casa, le dejaron tendío de un tiro en la cabesa? ¡Y luego dirán que no debemos creer en las corasonadas!

Sentí un leve escalofrío y cambié una mirada significativa con Villa.

—He venío—continuó—porque el jues se ha empeñao en procesar a un pobresiyo, que enjamás ha matao una mosca. Ya ve usté, antes que yeven al palo a un inosente, ¿no es mejor que nos boten ese jues y nos pongan otro?

A pesar de la entonación seria con que pronunciaba estas palabras y del gesto triste y compasivo con que las acompañaba, creí advertir debajo de ellas una ironía feroz que me causó miedo y repugnancia.

—Para elecciones reñidas, las que yo he presenciado en Jerez a raíz de la restauración—dijo Villa.