—Durante los años de la revolución, parece que la gente tomaba menos interés en ellas. Sin duda fiaba más en los motines y algaradas que a cada momento había—manifesté yo.
El catalán, que hacía lo menos cinco minutos que no hablaba y estaba pesaroso, cogió la ocasión por los cabellos para interrumpirnos diciendo con sonrisa entre humilde y petulante:
—¡La restaurasión! ¡Je, je! La restaurasión; aquí donde ustedes ma ven, si no es por mí no sa hase.
Todos levantamos vivamente la cabeza y le miramos, y nos miramos después con estupor.
—Sí, señor; si no es por mí no sa hase—repitió acentuando la sonrisa y gozándose, sin duda, en nuestra sorpresa.—Atiendan un poco. Yo escribía los sueltos antonses en El Tiempo, y hasía, además, la confecsión, ¿sabe? Todos los personajes de Madrit ma quitaban el sombrero y venían a buscarme para que les pusiera algún sueltesito dándoles bombo. Llagustera para aquí; Llagustera para allí; Llagustera, venga a almorsar conmigo; Llagustera, suba al coche, le llevaré a su casa. An fin, poco faltaba para que ma limpiasen las botas, ¿sabe? Uno de los más amigos era el general Martínez Campos. Muchas tardes echábamos grandes párrafos en el Salón de Conferensias. Pocos días antes del golpe de Sagunto, le ancontré tumbado an un diván dormitando. ¡Hola, mi general! Está usté descansando, ¿verdat?, le dije poniéndole la mano en el hombro.—Dájeme usted, Llagustera; ando muy preocupado estos días; los compañeros ma ampujan a que saque los soldados a la calle, y ya ve usté, eso es más fásil desirlo que haserlo. Por otra parte, Cánovas no quiere por ahora, y el elemento sivil tampoco... Así que, a la verdat, no sé qué haser... ¿Busté qué me aconseja, señor Llagustera?—Hombre, yo no conosco bien el espíritu del ejérsito, pero a mí me parese ¿sabe? que no debe busté intentar nada en Madrit; debe trabajar el ejérsito del Norte o el del Sentro. Después que le dije esto, sa quedó muy pensativo, y a los pocos días fue cuando sa escapó a Sagunto a ponerse al frente del ejérsito del Sentro, y ya saben lo que pasó.
El catalán sonreía de un modo beatífico, acabando de decir esto. Un silencio lúgubre siguió a sus palabras. Quién más, quién menos, todos estábamos irritados de tal desvergüenza, y teníamos los ojos puestos en el plato. Al cabo de algunos segundos, Cueto levantó la cabeza, y encarándose con él, le preguntó con impertinencia:
—Oiga usté, señor Llagostera, ¿su padre de usté era de Cabra?
—No, señor; ¿por qué lo pregunta?
—Por na... Es que a los de Cabra los suelen llamar cabrones.
Quedé espantado. Creí que aquella agresión brutal iba a producir una escena trágica. Pero afortunadamente no fue así. El catalán dijo que aquel insulto no se lo diría fuera. Cueto respondió que se lo repetiría donde y cuando gustase. Llagostera replicó que él no era hombre de navaja, sino de pistola y espada, y que ventilaba los asuntos de honor como un caballero, y que mirase por sí, pues en el Perú (donde había sido hombre de Estado y coronel) había tenido tres desafíos, uno de ellos con rifle, al estilo americano. Cueto manifestó que él se pasaba todos los estilos por tal y por cual, y que para zanjar asuntos semejantes no había más que dar solitos una vuelta por la orilla del río. A todo esto, sin embargo, ninguno de los dos se levantaba de la silla, y seguían engullendo lo que les ponían delante, sin ánimo declarado de tomar el fresco; por lo cual nos sosegamos todos. Villa, guiñándome el ojo, entabló nueva conversación, y a los pocos momentos nadie se acordaba de tal desagradable incidente.