Dormí bastante mal aquella noche. De un lado, la incertidumbre sobre lo que debía hacer para ponerme de nuevo en relación con mi adorada monja, de otro, la dureza bravía de la cama, me hacían dar más vueltas que un argadillo. Por la mañana, la microscópica Matildita vino a preguntarme cómo había dormido.
—Muy mal—le respondí.
—¿Y eso?
—No sé... me parece que la cama es algo dura.
—Pues, hijo mío, si tiene uté tres colchones. Esta noche le pondré a uté otro.
—No; mejor será que me quite usted los tres y ponga uno blando.
Más de una docena de veces entró y salió aquella mañana en mi cuarto. Los múltiples quehaceres de la casa la obligaban a cada momento a interrumpir la conversación y marcharse. Por último se decidió a sentarse en una mecedora, diciendo:
—De aquí no me levanto ya lo menos en un cuarto de hora... Digo, a no ser que uté quiera quedarse solo...
Le expresé mi placer en verme tan gentilmente acompañado, y no fingía; porque además de no tener en qué ocuparme, me recreaba al mirar aquella figurita meciéndose en la butaca con gran cuidado para no mostrar las piernas.
—¿Es usted viajante de comercio, don Ceferino?—me preguntó.