—No, señorita; soy poeta.

—¡Ah, poeta! ¡Qué bonito! ¿Hace usted versos? ¿Me leerá usted algunos? ¿verdad?

—Con mucho gusto—respondí, sintiendo súbito por aquella niña ardiente simpatía.

—A mí me gustan muchísimo los versos, ¡Me encantan! ¿sabe uté? A casa venía un chico que los hacía, ¡tan bonitos! ¡tan bonitos! Vamos, eran preciosos. Otros los hacían bonitos también, pero como Pepe Ruiz, ninguno. Verá uté, a mí me dedicó unos que tengo arriba guardados... Principiaban... Hojas del árbol caídas—juguete del viento son...

Las ilusiones perdidas—hojas son ¡ay! desprendidas—del árbol del corazón—concluí yo.

—¡Toma! ¿También usted los sabe?

—Sí, señorita; son de Espronceda.

—No, hijo mío, que no son de ese caballero, que son de Pepe Ruiz; yo misma se los he visto escribir—replicó con energía.

—Entonces serán de los dos—repuse.—No hay nada perdido.

—Vamos, dígame usted algunos suyos. Si usted es poeta estará enamorado, ¿eh? ¡A que sí! Todos los poetas son muy enamorados. Pepe Ruiz ¡uf! a todas cuantas veía les pedía la conversación.