Yo, que sentía la comezón de todos los que aman por explayarme y narrar las menudencias de mis amores, respondí sonriendo:
—Pues sí... creo que lo estoy un poco.
—Una mijita, ¿eh? ¿Ve uté como a mí no se me escapa nada?—exclamó, rebosando de alegría y triunfo, como si hubiera descubierto un tesoro escondido.
Me obligó a contarle, con todos los pormenores posibles, la historia de mi incipiente pasión. Por cierto que, al decirle que el objeto de ella era una monja, se asustó; pero le expliqué cumplidamente el caso y volvió a sosegarse. No conocía a Gloria, aunque había oído hablar de ella a sus amigas y tenía noticia de su familia. Sabiendo que no había rechazado mis instancias (creo que mi vanidad me hizo correrme un poco en este punto) y que tenía deseos de salir del convento, me brindó su protección, con la misma autoridad y firmeza que si fuese el capitán general del distrito y pusiera a mis órdenes las fuerzas de la guarnición, para sacar a la hermana de su celda y volverla al mundo.
—Nada, nada, ya verá uté cómo eso se arregla y le casamos en seguidita. ¡Vaya con don Ceferino, llegar a Sevilla enamorado ya de una sevillana!
—Ya ve usted... y siendo yo gallego.
—¿Cómo gallego?—exclamó cambiando repentinamente de expresión, en el colmo del estupor.—¿Pues no me había dicho hace un momento que era poeta?
—Bueno, soy poeta y gallego a la vez.
Me costó trabajo hacerle entender cómo podían aliarse estas dos cualidades en una misma persona. Creía que ser gallego y llevar baúles al hombro era todo uno. Hasta se me figuró que, para darse cuenta cabal del caso, se puso a recordar que yo había entrado en casa con la maleta entre las manos. Destruida a medias esta original concepción de mi procedencia natal, me volvió a pedir que le recitase algunos versos, y yo, con la buena voluntad que en este particular nos caracteriza a los poetas, lo mismo líricos que dramáticos, le dije un número considerable de sonetos, después otro aún mayor de quintillas, luego algunos romancitos. En fin, que estuve soltando versos a chorro más de una hora. Matildita, en quien encarnaba dichosamente el espíritu amplio y receptivo del Ateneo de Madrid, los encontraba todos deliciosos, insuperables; batía las diminutas manos contra los brazos de la mecedora, y en sus ojillos, medio cerrados siempre, chispeaba un gozo vivo y sincero. Tuve que prometer dedicarle unos, y ella me aseguró noblemente que los guardaría siempre al lado de los inmortales de Pepe Ruiz.
La verdad es que me caía muy en gracia aquella chiquilla, con su entonación protectora y su modo de hablar breve e imperioso. Parecía cansada de la vida y muy experimentada en todos sus casos y circunstancias. A cada paso me llamaba hijo, hijo mío, y por lo que pude colegir, se pagaba mucho de ser una inteligentísima e inapreciable consejera, sobre todo en negocios de amor. Por varias reticencias que le escuché en sus discursos, entendí también que Cupido le había sido adverso, y que sólo después de una dolorosísima experiencia había llegado a adquirir un conocimiento exacto y completo de las tretas de este dios, lo cual la ponía ahora en situación de aleccionar a los neófitos como yo y prevenirles. Después de repetidas instancias por mi parte, me confesó que el dios alado se le había presentado hacía tres años en forma de aspirante a telégrafos.