—¡Tres años! Sería usted una criaturita.
—No, hijo, que tenía ya cerca de quince años... Era guapo, buen mozo, y tenía unos ojos muy pícaros... Venía mucho por casa, porque era amigo de Eduardito. Una mañana que me encontró sola barriendo, me pidió conversación. Yo le di... con la escoba en la cabeza; pero otra me quedaba dentro, porque ¿sabe uté? Felipe me gustaba... nada más que por el aquel que tenía... Cantaba los tangos ¡que había que oírle! Le digo a uté que había que oírle. Bailaba panaderos como un gitano de la Macarena. ¡Y luego tan guasón! Nunca se sabía cuándo hablaba formal. Verá uté. Un día le preguntamos por su hermano, que estaba en Cádiz, y nos respondió, con una cara muy larga, que se había muerto. Todos lo creímos. Uté también lo creería, ¿verdad? Pues nada; por la tarde se dejó entrar diciendo que todo era mentira. Tenía el muchacho la sal de María Santísima... No sé quién le sopló a mi padre (q. e. g. e.) que estábamos en relaciones, y le echó de casa a pescozones... sí, señor, a pescozones... y creo que también le dio algún puntapié... Pero como yo estaba ya metida en el querer, ¿sabe uté? no importó na. Le hablaba por la reja. En esta misma ventana, ¡cuántas horas habré pasado hablando con él! ¡Me tenía encandilaíta aquel gitano! Yo no salía a paseo porque él no quería; me obligó a no dar la mano a ningún hombre, me quitó el flequillo del pelo, me quitó el corsé...
—¿Cómo el corsé?—pregunté sorprendido.
—Sí, señor; el corsé... ¿Uté no sabe? Aquí hay muchos que no quieren que sus novias gasten corsé... porque así gustan menos a los otros...
Los amores de Matildita habían terminado de un modo tristísimo. El aspirante guasón «le había dado el pego» con una amiguita que vivía por allí cerca. Pero como todos los traidores tienen su recompensa, a los pocos meses tronó también con ella.
—Ahora será ya telegrafista.
—No, señor; es soldado de caballería. Salió reprobado en los exámenes, ¿sabe uté? y su padre le echó de casa. El pobre chico, aburrío, sentó plaza... Y le está muy bien el uniforme, no crea uté, con su chaquetilla azul y su sable arrastrando...
—Vamos, eso prueba que si quisiera otra vez volver sumiso a sus pies...
Matildita frunció la frente con severidad, y con su manecita hizo un ademán dignísimo.