VI

El patio de las de Anguita.

¿

—Don Sabino el capellán... ¿Se puede hablar con él?—articulé con trabajo, mirando a la monja que asomó la cabeza por la ventanita sin reja que había al lado de la puerta.

La verdad es que no pensé hallarme con tan gentil portera. Era joven la monjita y tenía el rostro fresco y sonrosado, con ojos vivos y penetrantes. Su acento era marcadamente extranjero.

—Sí, señor... pero en este momento va a decir misa. Si usted quiere oírla, puede subir después a su cuarto.

—Con mucho gusto—repliqué.

Retirose de la ventana, y acto continuo sonó un campanilleo de llaves y la puerta se abrió con ruido de cerrojos que se corren.