Después de comer volvimos a tomar café a la Británica. Desde allí, a las nueve poco más o menos, nos trasladamos a casa de las de Anguita. Estaba situada en la plaza del Duque; así que tardamos muy poco en llegar a ella. Por la cancela del portal percibimos ya bastante algazara. Salió a abrirnos una linda criadita de ojos negros y pelo rizoso, mas antes que corriese el cerrojo, una señorita delgada, pálida, de cabellos rubios cenicientos y ojos azules, llegó con presteza y se adelantó a hacerlo.

—Al señor Villa le abro yo, porque es un caballero muy fino que hace cariñitos a las porteras... Vamos, deme usted una palmadita en la cara, como hace usted con Carmen.

La criadita de los ojos negros escapó ruborizada. El comandante se enfadó o aparentó enfadarse.

—Oiga usted, señá Josefa, hable usted bien y no mienta, que yo no doy palmaditas a las criadas. ¿Qué concepto va a formar de mí este señor?

—El que usted merece, mal bicho. Le he guipao una vez dándole palmaditas, otra cogiéndola por la barba, yo no quiero escándalos en mi casa, ¿estamos? Parece que usted no perdona a ninguna, «desde la princesa altiva, a la que pesca en ruin barca». Pero aquí estoy para velar por la moral.

—Ya la moral huyó de Grecia,
ya no se baila el rigodón.

—empezó a cantar el comandante, repitiendo un pasaje de cierta zarzuela bufa muy popular. Al mismo tiempo tiraba por las narices a la joven, quien se apartó con furia.

—¡Déjeme usted, chinchoso, feo, patoso! Parece mentira que usted sea de Cádiz. Merecía usted ser gallego... (Yo me puse colorado.) Por supuesto, que tengo la venganza en la mano. En cuantito venga Isabel, se lo planto en el pico.

—No hará usted tal, salerosa, porque yo me encargaré de desmentirla. Vamos a ver, Sanjurjo (dirigiéndose a mí), ¿sabe usted por qué es todo esto?... Pues porque la señorita está enamorada de mí.

—¡Yo de usted, desaborío! ¡Con esas patas tuertas y esos andares de aperador! Que se le quite, grandísimo gallego.