«¡Vuelta con la gallegada», dije para mi, cada vez más inquieto.

—Vamos, Pepita, no se ruborice usted, porque una debilidad la tiene cualquiera. Si usted no está enamorada de mí, ¿por qué espera usted todas las noches a la ventana para verme pasar cuando me retiro a dormir?

—¡Yo! Vaya, hoy se le ha subido San Telmo a la gavia. Este señor ha tomado algunas cañitas, ¿verdad usted? (Dirigiéndose a mí.)

Sonreí haciendo una mueca, por no saber qué responder. Ella, sin aguardar contestación, se alejó diciendo:

—¡Uf! ¡Cómo apesta usted a vino!

—Venga usted acá.

—¿Para que me siga usted dando el rato?—contestó desde lejos.

—No, para presentarle a usted este señor.

Pepita se acercó de nuevo, y el comandante, inclinándose profundamente y afectando una solemnidad cómica, dijo:

—Tengo el honor de presentar a usted a mi amigo D. Ceferino Sanjurjo, joven de relevantes prendas, enamorado, galán y notabilísimo poeta.