Eres como la avellana,
chiquita y llena de carne,
chiquita y apañadita
como te quiere tu amante.
D. Alejandro era alpujarreño, y a decir verdad, cantó ésta y otras coplas por el estilo infinitamente mejor que el Spirto gentile. Hay que observar que las que siguieron eran cada vez más expresivas, por no decir picantes, y que entre una y otra el beneficiado de la catedral dirigía por debajo de sus negras y largas pestañas miradas provocativas a la joven regordeta que había cantado el rondó de Lucía. Después supe que era su maestro de música.
Aplaudimos esta vez más sinceramente.
—¡Olé el presbítero!—gritó D. Acisclo.
Tres o cuatro curiosos se habían parado a la puerta de la calle, y al través de las rejas de la cancela nos miraban sin curiosidad alguna, atentos sólo a la música. Cuando ésta cesó, siguieron su camino.
—Ea, basta de coloquio—dijo Pepita, acercándose a su hermana y a mí, que aún continuábamos sentados.—Llevan ustedes media hora juntos, y el reglamento de la casa no permite más que quince minutos.
Levanté los ojos hacia ella, sorprendido.
—Sí, señor, quince minutos. Ninguno puede estar junto a una niña más de ese tiempo, y yo soy la encargada de hacer cumplir la orden... ¡Uf! Si alzase la mano, esta casa se convertiría muy pronto en una gorrería. Con ustedes he guardado consideración porque ésta es mi hermana... y porque se lo merece... y porque usted tiene buen aquel... ¡y porque me ha dado la gana, vamos!... ¿Verdá uté que apetece comérsela?—añadió tomando la barba de su hermanita con dos dedos y sacudiéndole la cabeza.—¿No sería una pena que esta naranjita de la China se fuese a sentar en el polletón?
—¡Qué tonta!—exclamó Joaquinita, pareciendo que se ruborizaba.
—Vaya, dígame con franqueza, ¿qué le parece a usted de la soirée de Cachupín?—me preguntó, cambiando con afectada volubilidad de conversación.