—¿Qué soirée?

—Esta en que usted se encuentra. ¿Ha estado usted en su vida en otra más cachupinesca?

—¡Oh!—exclamé apresuradamente.—¡Nada de eso! Es una tertulia muy agradable y distinguida.

—Con poca luz, ¿verdad?—dijo sonriendo maliciosamente.

—Así está mejor. La media luz en un patio de éstos hace muy bien; le da un carácter misterioso y poético.

—Pues mire usted, nosotras no hemos querido hacerlo más poético, sino gastar menos, ¿sabe usted?—repuso con desenfado, mirándome a los ojos con tal expresión burlona que me inquietaba.—Antes teníamos cuatro quinqués encendidos; pero, hijo, se gastaba un Potosí, y nosotras estamos más pobrecitas que las arañas. Nos hicimos partidarias del obscurantismo... Hay que tener mucho ojo, por supuesto, porque ¡viene aquí cada gachó!... No paro de un lado a otro, como usted ve. Parezco una maestra de escuela... ¿No ha pasado usted al buffet?

—No—dije sencillamente.

Soltó una carcajada.

—Pues allí lo tiene usted, en aquel rinconcito.

—¡Qué loca eres, Pepita!—exclamó Joaquinita, riendo también.