—Le diría usted alguna sandez, como si lo viera.
—Muchas gracias; le estaba diciendo ahora mismo que sentía en el alma no poder corresponder al amor de usted. Si usted hubiera llegado antes...
—Pero ¿ha visto usted en su vida—dirigiéndose a mí—un hombre más simple y más retontísimo? No crea usted que es broma. Todo eso se lo cree. ¡Y mire usted que el bocado es apetitoso! Un señor que ya no puede con la fe del bautismo en papeles. ¡Repare usted qué patas...! ¡Qué pies! Con dos juanetes que parecen dos flanes.
—Bueno; insulte usted cuanto quiera. Cuanto más feo sea yo, peor gusto será el de usted.
La entrada, por una de las puertas que comunicaban con las habitaciones interiores, de un caballero anciano nos interrumpió.
—Aquí tiene usted un Cachupín—me dijo Pepita—. Voy a presentarle a usted. Papá—dirigiéndose al anciano—, te presento un nuevo amigo, el señor Sanjurjo, un joven muy guapo, muy simpático y además un gran poeta. ¿Eh? ¿Qué tal?
—Muy señor mío, muy señor mío—respondió el anciano, inclinándose.
He visto en mi vida pocas cosas tan estrafalarias como el señor de Anguita. Era alto, enjuto, rasurado, dejando solamente unas cortas patillas blancas; los ojos, grandes, apagados, vidriosos; la tez, pálida, y los dientes, largos y amarillos. Traía gorro de terciopelo azul en la cabeza, bordado probablemente por sus hijas; bata de color de canela, y sobre la bata, dejándola al descubierto por debajo, un gabán de verano.
—Conque poeta... poeta—murmuró con voz opaca y acento fatigado.—Yo soy muy aficionado a la poesía. En mis buenos tiempos también escribí versos.
—Muy lindos, por cierto—interrumpió Pepita.—Mi papá, ahí donde usted le ve, ha sido el gallito de Sevilla. Traía dislocadas a las niñas con sus chalecos y sus palabritas.