—¡Picaruela!—murmuró el anciano, tocándole la cara con manifiesta ternura.—La poesía es cosa superior, superior... ¡Pero como la pintura!... A la pintura no llega nada en el mundo.

—Ya sé que es usted aficionado, y muy inteligente—le dije.

—Aficionado solamente—repuso sonriendo con beatitud.—No le diré a usted que a fuerza de ver y observar no sepa distinguir un poco; pero eso no vale nada.

Villa, para darle por el gusto, le invitó a que nos mostrase su galería de cuadros, a lo cual accedió inmediatamente. La mayor parte estaban colgados debajo de los arcos del patio. Pepita encendió una bujía y la fue acercando a cada uno para que le viésemos bien, mientras el señor de Anguita, que traía constantemente las manos atrás, separaba de vez en cuando la derecha para señalarnos los primores de ejecución que abundaban en casi todos. Cuando era una marina, el agua se transparentaba, parecía que «podía meterse la mano en ella»; si se trataba de un paisaje de montaña, «apetecía triscar por las praderas, se sentía casi el olor del heno»; las figuras «estaban todas hablando, no les faltaba más que moverse». En fin, el señor de Anguita creía que su galería podía competir con las mejores de Madrid. Pepita aplaudía también calurosamente, con su habitual exageración, en cada obra que examinábamos. Los apellidos de los artistas eran totalmente desconocidos. La mayor parte jóvenes que, según el dueño de la casa, darían mucho que decir y echarían pronto la pata a Fortuny y a Rosales. Cuando hubimos terminado, Villa y Pepita se unieron a la tertulia, y observé que el comandante estaba jacarero y guasón hasta lo sumo, haciendo reír con sus bromas a todos, menos a D. Acisclo, que no debía de ver con buenos ojos que se riesen otros chistes más que los suyos. El anciano médico me llevó a un rincón, y allí, de pie, con las manos cruzadas siempre sobre los riñones, siguió hablándome de pintura. Confesaba que su galería no era de las más ricas y, sobre todo, carecía de firmas acreditadas; pero estaba seguro, en cambio, de poseer obras notabilísimas, dignas de inmortalizar a sus autores. Por más que éstos no fuesen exagerados en el precio de sus cuadros, una colección como aquélla sólo podía adquirirse a fuerza de tiempo y serios dispendios.

—¿Cuánto calcula usted que llevo gastado en cuadros?—me dijo mirándome a los ojos fijamente.

—Phs... Yo no soy perito en la materia...

—Vamos, una cifra aproximada...

—Nada... no puedo calcular...

—Pues llevo sacados del bolsillo más de cinco mil reales—manifestó solemnemente, separando una mano de la espalda y poniéndomela sobre el hombro.

—Pues son caros... digo, son baratos... Porque los hay magníficos.