* * *

«Señores míos—respondo yo a tan amables palabras—, respeto profundamente vuestro sentir porque entre vosotros se hallan a no dudarlo los más altos pensadores que han honrado nuestro planeta hasta ahora; pero no me cautiva la inmortalidad que me ofrecéis. Os confieso, aunque peque de ignorante y bárbaro, que este pobre yo que tanto afectáis despreciar es lo único que me interesa en este momento. Si en otras vidas no me reconozco a mí mismo tanto vale la nada. Vuestra opinión es que antes de esta vida he vivido otras. ¿Qué valor han tenido para mí tales vidas? Es cierto que al entregarme al sueño pierdo mi yo sin pena; pero es porque tengo la seguridad de encontrarlo al despertar. Cierto es igualmente que la inmensa mayoría de las acciones y de los sucesos de mi vida se hallan sepultados en el olvido, pero mi yo ha permanecido idéntico y no ha habido al través de mi existencia solución de continuidad... ¡Continuidad! He aquí la palabra mágica, he aquí la clave del misterio. Sin la continuidad la inmortalidad no existe.

Por otra parte, si he de vivir infinitas veces, he de morir también infinitas veces y pasar por los horrores que a la muerte acompañan. Anudaré infinitas veces lazos de amor con otros seres como los que hoy aprisionan mi corazón y otras tantas los veré quebrarse con una separación eterna. ¿A quién no infundirá pavor semejante horizonte? Los discípulos del Buda, que predicaban la nada, recorrían las ciudades de la India gritando:—«¡Alegraos, alegraos! la muerte ha sido vencida»—. Yo también me alegro de morir para siempre. Vuestra inmortalidad me horroriza. Dejadme tranquilo.»

* * *

En efecto, aquella muchedumbre abigarrada se desvanece entre las sombras del cementerio, pero no tarda en reemplazarla otra más homogénea. En ella reconozco a la gran mayoría de los pensadores contemporáneos. El más viejo de todos ellos, el filósofo sajón Fechner me habló de esta manera:

«Aspiras ardientemente a guardarte como individuo; ¿pero qué es tu individuo? Nosotros, los seres humanos, nos alzamos sobre la tierra como se alzan las olas sobre la superficie del Océano, salimos del suelo como salen las hojas del árbol. Unas y otras viven su propia historia. Las olas reflejan separadamente los rayos del sol; las hojas se agitan mientras las ramas permanecen inmóviles. Así, en nuestra conciencia, cuando un hecho llega a ser predominante obscurece todo lo que se halla detrás. Y sin embargo, lo que se halla detrás aunque sustraído ya a la observación obra sobre él lo mismo que las olas superiores obran sobre las que están debajo, como el temblor de las hojas obra sobre la savia en lo interior de la rama. El Océano entero, lo mismo que el árbol sienten la acción de la ola y de la hoja y quedan por el hecho mismo modificados, esto es, son otra cosa que antes eran.

»De igual modo nosotros somos actores en el gran teatro del universo. Nuestras percepciones no se desvanecen cuando morimos sino que quedan impresas en el alma universal de la tierra y viven la vida inmortal de las ideas, y combinadas con las de otros hombres entran a formar parte del gran sistema del mundo. Nuestra conciencia no muere, pero se ensancha, y así como la suma de nuestras percepciones es lo que constituye nuestra conciencia, así la suma de nuestras conciencias constituyen la conciencia de un ser más grande, de un tipo superior.

»Deja pues de afligirte. Ese pequeño yo que tanto amas sólo desaparece en apariencia. Nada de lo que realmente lo constituía, esto es, ninguna de tus ideas, ninguna de tus acciones dejan de existir. Impresas quedan todas ellas en el mundo y gozan de la inmortalidad. Y los que como tú han pasado por la vida comunicando con los otros no sólo sus pensamientos sino sus más íntimas emociones pueden gozar aún con más seguridad de este hermoso porvenir. Si has logrado que tus libros dejasen una pequeña huella en el alma de tus lectores, esta huella por leve que sea no se borrará jamás, formará parte de su misma alma y con esta alma entrará en el concierto universal de los espíritus.»

* * *

«¡Oh, gran filósofo!—me apresuro a responder—, la inmortalidad colectiva que me ofreces es un pan demasiado duro para mis dientes. Ese gran yo de que me hablas no es el mío y debo confesarte que no puedo amarlo porque sólo me interesa este otro diminuto, este pequeño punto central donde se refleja, sin embargo, el universo. Durante mi vida terrenal he sido rey en mi pequeño reino y no puedo pasar sin dolor a ser esclavo inconsciente. Fuí una melodía más o menos importante en el concierto; me pesa convertirme en una nota del pentagrama. No me hables de la inmortalidad literaria, porque es un cuento para entretener a los niños. La gloria más grande del más grande artista de la tierra no puede durar veinte mil años. Cierto que a pesar de eso la amamos todos y más aún aquellos hipócritas que fingen desdeñarla; pero es algo siempre secundario en nuestra vida. El valor de la mía no se cifra en lo que he escrito sino en lo que he amado. No me ligan a la existencia ni mis pensamientos ni mis libros; todos ellos os los entrego sin pesar alguno. Lo único que me atormenta en este instante es separarme de los seres que hoy amo, es perder la esperanza de volver a ver aquellos otros que hace tiempo se han partido de la tierra. Si no hay nadie en el universo o fuera de él que pueda devolvérmelos, ¡cese, cese para siempre esta vida miserable y húndase como una hormiga mi pobre ser en la nada!»