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Los filósofos de la inmortalidad colectiva se retiran también. Apenas desaparecidos se presentan en ruidoso tropel otros mucho más osados y enérgicos.

«No te engañes a ti mismo—me dice uno de ellos—. No te dejes engañar tampoco por los otros. La inmortalidad del alma es imposible, porque el alma no existe; es una pueril creación de nuestra mente: nadie la ha visto ni la ha tocado. Lo que existe sin poder dudarlo es nuestro cuerpo visible y palpable y este cuerpo ha sido el origen de todas tus tristezas y alegrías. Consuélate, porque este cuerpo es inmortal. Un ser vivo permanece eternamente vivo. No existe la muerte para la naturaleza; su juventud es eterna como su actividad y su fecundidad. La muerte transforma pero no destruye y no es otra cosa que la misteriosa continuación de la vida en formas diversas. Esa federación de seres vivos que llamabas tu yo se disuelve pero no se aniquila. Cada uno de los socios recobra su libertad y continúa su carrera vital alegremente...

»¿Me preguntas si cada uno de estos seres tienen conciencia? Sólo puedo responderte que hay muchos hombres vivos que apenas la tienen tampoco. Ni podemos afirmar ni podemos negar facultades que escapan a nuestra observación. Lo que te puedo asegurar es que la vida subterránea que ahora comenzará para tu cuerpo es mucho más animada que la que has llevado sobre la tierra. Prepárate a recibir un sinnúmero de gozosos campañeros llenos de salud y de fuerza. ¡Son los trabajadores de la muerte! Vendrán en tropel las preciosas moscas llamadas Lucilia, de un verde metálico brillante acompañadas de sus hermanas las Lucilia Cesar, de un verde dorado y frente blanca. Inmediatamente acudirán los Sarcófagos y detrás de ellos los encantadores lepidópteros del género Aglosa, lindas maripositas que duermen durante el día sobre las hojas de los árboles y vuelan al crepúsculo en torno de la luz. Después vienen otras moscas no menos hermosas, las Profilas, de cuerpo luciente y pequeña cabeza, a las cuales seguirá una muchedumbre inmensa de Acarios encargados de facilitar la momificación. Y estos acarios se hallan dotados de virtud tan prolífica que una sola pareja puede producir al cabo de tres meses un millón y medio de individuos.

»Así pues que no te infunda pavor la idea de la destrucción. Dentro de la tumba la vida prosigue como fuera, una vida aún más ruidosa y animada que se renueva sin cesar...»

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«¡Muchas gracias!»

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Dejo caer otra vez sobre mí la pesada losa y me dispongo resignadamente a entrar en la nada.

Mas he aquí que poco después escucho un suave rumor lejano que pone en movimiento mi aterido corazón: batir de alas, chocar de besos, cantos de triunfo...