Levanto tímidamente la piedra de mi sepulcro. El alba flotaba ya sobre el cementerio y a su luz indecisa veo un glorioso cortejo de ángeles alados envueltos en las brumas temblorosas de la mañana. Un rayo de luz cayó sobre sus alas doradas y los vi resplandecientes girar en torno de mi tumba. Uno de ellos, el más hermoso, vino a posarse al pie de ella. Mantúvose algunos instantes silencioso frente a mí y pude contemplar a mi sabor su belleza inmortal, el brillo deslumbrador de sus ojos, la altivez de su frente, su talla gigantesca, la intrepidez y la calma que se exhalaba de su figura radiosa.

«Soy el arcángel Miguel—me dijo con voz cuya extraña melodía no pertenece a la tierra—y en nombre del Señor vengo a ofrecerte la verdadera, la única inmortalidad digna de su adorable providencia. Si has creído y has confiado en El así que te hayas purificado entrarás a gozar de la vida eterna y de la suprema dicha. No se pierde tu yo, no se desvanece como una melodía en el aire, porque el amor de sí mismo es el fundamento y la condición de todo otro amor. El reposo perfecto y el goce de Dios que te ofrezco no destruirán tu conciencia, que es el sostén y la raíz misma de tu felicidad. No hay más que una vida temporal para los humanos y en ella se decide si han de vivir eternamente gozando del bien supremo o eternamente gemirán alejados de él...

»¿Tiemblas por tu suerte? Desecha tu temor. Dios con ser omnipotente no puede condenar a un alma que se entrega a El en la hora de la muerte. ¿Deseas poseer tu cuerpo? Lo poseerás eternamente, pero glorioso, purificado. ¿Deseas el reposo? Reposarás en la paz eterna. ¿Amas el honor, la gloria y el poder? Participarás de la majestad y del soberano dominio de Dios. ¿Buscas la compañía de los nobles y los sabios? Gozarás de la sociedad de todos los hombres de bien que en el mundo han sido. ¿Quieres en fin (y este es sin duda tu más ardiente deseo) amar a los tuyos más allá de la tumba? Volverás a encontrarlos y esta vez para no perderlos jamás. La muerte no rompe los lazos que unen a dos corazones sobre la tierra. Tu amor en el cielo sin dejar de ser íntimo y tierno quedará limpio de toda aspereza; porque el corazón humano es un abismo insondable de misterios, un campo de batalla donde alternativamente el calor y el frío son vencedores.

»¡Paz para siempre! ¡Un corazón y un alma! He aquí lo que eternamente se realiza en nuestro Paraíso...

»¿Estás conforme, débil mortal, con las promesas del Cristo?»

* * *

Entonces todo mi ser se baña de alegría. Hago un esfuerzo supremo y alzando la piedra que me encierra exclamo gozosamente:

«¡Tuyo soy!»

XXVII
OVIEDO

En el Otoño de este mismo año fuí enviado a Oviedo para estudiar la segunda enseñanza. La capital de Asturias no ofrece apenas, en su aspecto material, nada que pueda fijar la atención y hacerla interesante. Asentada sobre el lomo de un verde collado, sus contornos son bellos como lo es toda la provincia, pero sin relieve; las calles, en general estrechas e irregulares, el caserío mezquino con pocos edificios notables que la decoren. Aunque fué corte en los primeros tiempos de la Reconquista, lo fué por tan breve tiempo y en época tan remota, que apenas quedan huellas monumentales de su realeza. Sus iglesias distan mucho de ser joyas artísticas como las de León y Toledo. Su misma catedral, de estilo gótico, ni por su magnitud ni por la riqueza de sus ornamentos, sale de lo común en esta clase de templos. Pero su torre... ¡Ah!, su torre merece capítulo aparte.