Es la más esbelta, la más armónica, la más primorosa de cuantas existen en España. Oviedo alardea, con razón, de esta torre, como una mujer fea se vanagloria de poseer copiosos y ondulantes cabellos.
Pero esta fea, además de su espléndida cabellera, tiene atractivo y gana mucho con el trato. ¿Cuál es su atractivo? La sonrisa: una sonrisa alegre y cordial, franca y picaresca. He conocido algunos viajeros que, prendados de esta sonrisa, han plantado su tienda en la capital de Asturias y no han querido salir ya más de ella.
Si el encanto de Avilés consiste en su alegría infantil, el de Oviedo se cifra en su donaire malicioso. En ninguna otra región de España, ni aun en Andalucía, tierra clásica de la gracia, se hallará una población más regocijada y burlona. Su agudeza no es ligera, aparatosa, espumante como la de Sevilla y Málaga: son los asturianos hombres del Norte y pagan tributo a la frialdad de su clima y al tono gris de su cielo. Pero hay más profundidad en su ingenio, su malicia es más espiritual, más penetrante y también, hay que confesarlo, más despiadada.
La burla es la deidad a la que se rinde culto incesante en Oviedo; es su recreo y casi su necesidad. Los ovetenses tienen nariz de sabueso para olfatear el ridículo. Así que lo encuentran se paran como los buenos perros de muestra y esperan a los demás para dar comienzo a la caza. Esta caza es una verdadera fiesta o regocijo público, particularmente cuando la víctima se halla constituída en autoridad.
Llegó en cierta época a Oviedo un gobernador que era un literato ramplón, pero muy pagado de sus obras. En cuanto se dieron cuenta de su flaqueza no hubo banquete ni solemnidad donde se pronunciasen brindis o discursos en los cuales no se trajesen a cuento frases y hasta párrafos enteros de las obras de la primera autoridad. Se le citaba como a Plutarco o Cervantes. Aquel badulaque fué dichoso durante los meses que gobernó la provincia y los ovetenses más felices aún que él.
Nada les entristece a éstos ser mandados por cualquier majadero: al contrario, sospecho que se hallan más complacidos cuando sus autoridades lo son en grado máximo. Hubo una época, ya remota, en que el gobernador, el alcalde, el rector de la Universidad y el presidente de la Audiencia eran cuatro graciosos payasos sin pizca de sentido común. Pues bien; nunca se sintió tan feliz la población: fué el siglo de oro de Oviedo.
Confesemos, sin embargo, que sus bromas son, no pocas veces, crueles y hasta alevosas. Existía en mi tiempo un honrado hojalatero atacado de la manía de la oratoria. En cuanto se le dejaba perorar lo hacía con tanto énfasis y fuego defendiendo sus ideas tradicionalistas, que nadie podía irle a la mano. Es innecesario decir que nadie, en efecto, pensaba en atajarle: antes al contrario, se le tiraba de la lengua, se le encendía y se le atizaba dondequiera que se presentaba, sobre todo en el café.
No bastaron, sin embargo, el café y la calle. Un grupo de jóvenes alegres ideó nada menos que fundar un Círculo de recreo con el exclusivo objeto de nombrar presidente de él al citado hojalatero y poder tenerle a su servicio todas las noches.
Y, en efecto, se alquiló un local, se redactaron los estatutos y nuestro hojalatero fué elegido por voto unánime presidente de la Sociedad. Aquel honor inesperado se le subió de tal forma a la cabeza, pronunció tal número de discursos vehementes y fué tan aplaudido y festejado que terminó por enfermar. Pocas noches después de tomar posesión de su cargo, tres o cuatro socios, de acuerdo con los demás, presentaron a la Junta directiva una proposición pidiendo que se comprase una regadera con destino al barrido del Círculo. El hojalatero, al leer la proposición se levantó y pronunció un discurso que hizo época.
«—Señores: El presidente de esta Sociedad es maestro hojalatero, vidriero, plomero y está dispuesto a construir gratuitamente no una regadera, sino diez regaderas, veinte regaderas, todas las regaderas que sean necesarias para el aseo del Círculo que tiene el honor de presidir...»