—Pidan ustedes a Dios que me dé luces para gobernar la diócesis.

XXVIII
EL CUADRO DE HONOR

Mi abuelo paterno, a cuya casa vine a parar, era un honrado burgués que vivió hasta los noventa y tres años cuidando de su salud física.

De la moral no había cuidado: se la daba Dios por añadidura.

Cuando entró en este mundo, allá en el último tercio del siglo XVIII, no pensó como Schopenhauer que había caído en una cueva de bandidos, sino en un nido de ángeles. En esta creencia vivió y murió al cabo de un siglo.

Mas si creyó siempre en el bien, no imaginaba que éste se hallaba igualmente repartido en el mundo. Por un decreto especial de la Providencia, cuya justicia jamás puso en duda, a su patria, a su provincia, a sus parientes, a sus amigos y conocidos tocaba una parte mucho mayor que al resto del universo.

Que le viniesen a hablar de las bellezas de Suiza. Sonreía compasivamente y nos contaba cómo el conde de Toreno, el famoso historiador de la Guerra de la Independencia, le había dicho en confianza cierta tarde en el parque de San Francisco: «He viajado por Francia, por Inglaterra, por Alemania, por Suiza, por Italia: nada he visto comparable a Asturias.»

Que se elogiase en su presencia la sabiduría o la elocuencia de un hombre eminente español o extranjero. La misma sonrisa por parte de mi abuelo. Sonreía porque estaba bien seguro de que nadie en este mundo alcanzaba la claridad de juicio, la fuerza de razonamiento, la insondable profundidad teológica de su íntimo amigo V*** el deán de la Catedral.

Y a este tenor, su amigo el doctor A***, era el abogado más notable del reino; el coronel P***, el más hábil estratégico; el farmacéutico L***, en cuya botica se reposaba de sus paseos higiénicos, un químico sin rival, y C***, el tendero de comestibles con quien alguna vez fumaba un cigarro por las tardes, poseía en su opinión un verdadero tesoro en productos alimenticios.

¡Ya se guardarían mis tías de enviar por cualquier medicamento a otra farmacia que no fuese la del licenciado L***! Si esto acaeciese, mi abuelo pensaría que se le había envenenado. En cuanto a los comestibles se creían con derecho a más independencia, y una que otra vez se autorizaban la libertad de traer algún producto de otra tienda. Pero como no hay estafa que al cabo no se descubra en este mundo, cualquier imprudencia de la cocinera descubría la de mis tías. ¡Qué consternación profunda se pintaba en el rostro de mi abuelo al averiguar que los garbanzos que estaban comiendo no eran de la tienda de su amigo C*** sino de la del falsificador de la esquina! Entonces se simulaba una comedia; se fingía restituir aquellos indignos garbanzos al lugar de su procedencia y acarrear otros del tesoro que guardaba el amigo C***. Mediante esta superchería, en la cual todos tomábamos parte, las olas encrespadas se sosegaban y la calma renacía en el espíritu atribulado de mi abuelo.