Después de esto no necesito declarar que sus digestiones fueron siempre perfectas y que la más pura y tranquila felicidad se reflejaba constantemente en su persona higiénica.
Confieso, con vergüenza, que toda mi vida he profesado hacia mi abuelo una envidia ruin. En los momentos críticos de la vida, cuando algún disgusto me oprime, cuando encuentro antipáticas a las personas que me rodean, y los enemigos me crispan y los amigos me molestan y los periódicos me aburren, entonces su figura radiosa y plácida se me aparece hablándome con entusiasmo de los paisajes de Asturias, de la sabiduría del deán y de los garbanzos de su amigo C***. ¡Oh, cuánto le envidio en aquellos momentos! ¡Oh, con qué placer trocaría mi masa encefálica y mi espina dorsal por las suyas!
Y, sin embargo, estoy seguro de poseer alguno de los glóbulos color de rosa de la sangre de mi abuelo en la mía. Verdad que estos glóbulos se hallan mezclados con los grises de mi padre y con los verdes, amarillos y azules de todos mis antepasados; porque es cosa averiguada que el hombre semeja un panteón donde todos los muertos hablan y mandan cada uno a su hora. Verdad que estos glóbulos se entrechocan, bullen, riñen, se acarician, se agitan y forman infernal algarabía dentro de mi cuerpo; pero al fin aquí están y son, a no dudarlo, los que una que otra vez me impulsan a creer demasiado pronto en la teología, en la química o en los garbanzos de cualquier amigo.
Los glóbulos de mi padre me cantan lo que hay de triste y repugnante en nuestra vida, pero los de mi abuelo me sugieren poco después dulcemente que todos los males tienen su compensación, que al lado de cada desventaja hay siempre una ventaja, y que existe una normal para la felicidad de los hombres como existe para su calor animal: la diferencia es sólo de algunas décimas.
Recuerdo que en mi infancia vivía en Avilés un simpático armador que tuvo la desgracia de que se le perdiese un barco en las costas de Galicia. Cuando los amigos fueron a darle el pésame le hallaron tranquilo y risueño como si no hubiera pasado nada.—¿Y si se hubiera perdido el Paco?—exclamaba riendo y frotándose las rodillas. El Paco era otro buque de mayor porte que tenía igualmente navegando. Algo parecido me sucede a mí. Cuando experimento alguna contrariedad o sufro cualquier desengaño, suelo exclamar interiormente:—¡Y si se hubiera perdido el Paco! Convengo en que es un mezquino consuelo; pero sin estos mezquinos consuelos la vida sería cosa mucho más mezquina.
Si mimado había sido hasta entonces por mis padres en Avilés, más mimado lo fuí aún en Oviedo por mi abuelo y mis buenas tías. Además comía a menudo con nosotros y pasaba gran parte del día, un primo mío del cual fuí, desde luego, grande amigo y admirador. Tenía nueve o diez años más que yo. Era, por lo tanto, un mancebo de veintiuno o veintidós años que se hallaba terminando la carrera de Derecho, inteligente, de agradable presencia, con rizada cabellera romántica y de una sensibilidad tan excesiva, como no he conocido después a ningún otro hombre. Las emociones, hasta las más fugaces, se reflejaban de tal manera en su rostro expresivo que no necesitaba hablar para hacer ostensibles los estados de su alma.
Con estos elementos y atendida la época en que florecía, fácil es colegir que mi primo era un romántico desenfrenado. Fuimos excelentes camaradas y fué el primero que me enseñó a respetar las ojeras y las melenas del romanticismo.
Sus ídolos eran Byron, Lamartine, Chateaubriand y Espronceda. Llevaba siempre en el bolsillo las Meditaciones, de Lamartine, en un primoroso volumen que aún conservo yo con cariño en mi librería, y me las traducía y las comentaba lánguidamente, entre suspiros y lágrimas no pocas veces. Cuando vienen a mi memoria los hermosos versos de Le Lac,
| Ainsi toujours poussés vers de nouveaux rivages |
| dans la nuit éternelle emportés sans retour, |
| ne pourrons-nous jamáis sur l'océan des ages |
| jeter l'ancre un seul jour? |
se me aparece siempre la figura de mi primo con su melena rizada y sus ojos negros enternecidos. ¡Ay!, ni él ni yo hemos podido echar el ancla en aquellos hermosos y serenos días. El abordó ya las riberas de la noche eterna; yo no tardaré en seguirle.