Me leía también el Werther, de Goethe, y Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo. En cuanto al Diablo Mundo, de Espronceda, no necesitaba leérmelo, porque se lo sabía de memoria. Sentía una viva admiración hacia este gran poeta, que inmediatamente logró infundirme a mí.

Casi tanto como la poesía atraía a mi primo la música. Aunque no había estudiado sus principios poseía un oído tan delicado y tal sensibilidad, que dudo que ningún músico profesional le aventajase. Escuchando ciertas arias de ópera y algunos conciertos de violoncelo le he visto empalidecer densamente y permanecer en un estado de estupor hipnótico que inspiraba miedo.

Pero en música, como en poesía, era exclusivista. Amaba a ciertos músicos y aborrecía a otros. Su predilecto era el maestro italiano Bellini; mejor dicho era su ídolo; no existía para él nada en este mundo superior a Norma, Sonámbula y Puritanos. A Rossini le respetaba; a Donizetti le concedía algún talento, y Lucía de Lammermoor le agradaba bastante; pero no vacilaba en afirmar que esta ópera era una obra póstuma de Bellini que Donizetti había hallado entre sus papeles. Me contaba, a tal propósito, que hallándose éste loco en un manicomio le habían hecho oír el inspirado final de Lucía y, quedando un momento extático, había exclamado: «¡Tenía talento ese Bellini!»

En cuanto a Verdi le odiaba profundamente. Era tanta su aversión por este maestro, que cuando de él se hablaba se ponía pálido y enronquecía su voz, como si en otro tiempo le hubiera inferido una afrenta imperdonable a él o a su padre. Naturalmente, yo participé en seguida del amor a Bellini y del odio a Verdi. Pero lo singular del caso es que las óperas de este maestro me encantaban, particularmente Traviata y Rigoleto. Esto me causaba un malestar y una vergüenza indecibles; hacía esfuerzos desesperados por arrojar de mí esta inclinación, como San Antonio huía de sus terribles tentaciones.

Desde luego, debe suponerse que si mi primo era tan sensible a la poesía y a la música, no lo sería menos al amor. Lo era muchísimo más. Era un enamorado de los pies a la cabeza. ¿De quién? De todas las hermosas mujeres que sus ojos acertaban a ver; pero no simultáneamente, sino enfiladas y por riguroso turno. Sus amores no eran muy largos; dos meses cada uno, poco más o menos. Acaso por esto mismo el objeto de sus ansias no llegaba generalmente a enterarse. Mas, lo que perdían en extensión, lo ganaban en intensidad. Nadie ardió jamás con tan viva llama, nadie suspiró, nadie veló, nadie se suicidó mentalmente, nadie compuso tantos versos como él.

Había de todo: romances, décimas, octavillas, sáficos adónicos. Además, indefectiblemente, para cada uno de sus amores componía una habanera en honor de la bella ingrata: música y letra. Como, según he dicho, no tenía conocimientos musicales, no podía escribirla; pero la retenía perfectamente en la memoria y me la cantaba cuando nos hallábamos solos. Yo escuchaba estas habaneras embelesado, admirando la inspiración y el prodigioso talento musical de mi primo. No dejaba de advertir, sin embargo, que se parecían mucho unas a otras. Por ejemplo, la que decía:

«Hay una hermosa trigueña»,

era casi igual a otra que principiaba:

«Una rubita, bella sin par.»

Apenas variaba más que el color del pelo; pero esto no amenguaba mi placer; al contrario, puesto que me había agradado la primera, era lógico que me agradasen todas.