| Tu padre, rico de oro, es insaciable; |
| ¡ay!, por tenerle, mil vidas diera yo. |
Yo escuchaba todo esto embelesado; admiraba a aquellos héroes del amor y deploraba el haber nacido en una época tan ruin y prosaica. Mi tía, con su guitarra y sus canciones, con sus relatos interesantes y el perfume de almizcle que usaba, me inició en el romanticismo casero, como mi primo me había iniciado en el literario.
Entraba en nuestra casa como el amigo más íntimo un señor calvo, de rostro pálido, de mirada dura y penetrante, alto de hombros y hundido de pecho. Era un hombre inteligente, pero sin sonrisa. Hablaba poco y cortante; sus juicios eran inapelables: si se le contrariaba quedaba aún más pálido y enronquecía de furor.
Los niños de la población le tenían un miedo increíble. Porque este caballero había dado en la extraña manía, y con ella gozaba al parecer, de aterrar al mundo infantil. Tenía a todos los niños fuertemente sugestionados. En cuanto tropezaba en la calle con uno de su conocimiento, y a veces aunque no lo fuese, se detenía, le clavaba una mirada feroz, insistente, y después de tenerle hipnotizado preguntaba con voz terrible al criado o criada que le conducía «si había sido bueno». En caso afirmativo le dejaba pasar tranquilamente. Pero si se le decía lo contrario un demonio del infierno no podía poner cara más espantosa que aquel buen señor; le cogía por el brazo, le sacudía y le gritaba al oído tales y tan horrendas amenazas que el niño quedaba sin gota de sangre en las venas, sin fuerza aun para llorar. Los padres alentaban esta manía que les era útil; la amenaza de llamarle bastaba para que cualquier niño recalcitrante se transformase en manso cordero. Tal idea tenían los chicos de la braveza feroz y de la infinita crueldad de aquel sujeto que un hermanito mío me preguntaba cierto día, con la mayor naturalidad, si tendría más fuerza que un toro. Le respondí que sí. Calló un momento y me preguntó de nuevo si tendría más fuerza que un guardia civil. Le respondí también afirmativamente. Por último después de algunas vacilaciones me preguntó si tendría más fuerza que Dios. Entonces yo, no atreviéndome a despojar al Ser Supremo del atributo de su omnipotencia, aunque se me pasaron ganas de hacerlo, le respondí que tenía menos, pero sólo un poco menos, casi nada menos.
Pues este caballero áspero y ceñudo había sido, ¡caso maravilloso!, novio de mi romántica tía. Por lo que pude colegir, la falta de medios de fortuna le había retraído del matrimonio. Esto al menos pensaba y dejaba traslucir mi tía.
Era para mí cosa absolutamente incomprensible cómo aquel señor calvo pudiera haber sido un doncel enamorado. Porque yo entonces me representaba siempre a los enamorados con largos cabellos. ¿Cómo suponer a un sujeto tan rígido doblando la rodilla, llevándose la mano al corazón y profiriendo frases apasionadas? Sin embargo, mi tía llegó a afirmarme que le había compuesto y dedicado más de un madrigal. No sé lo que tendrá de cierto. Lo que no cabe dudar era que seguía enamorada de él, que buscaba pretextos para abrir el balcón a las horas en que él iba y venía de la oficina, que le servía el café cuando venía a tomarlo a casa con rematada complacencia, y escuchaba sus sentencias como oráculos.
No le sucedía a él otro tanto; antes por el contrario, le hablaba aún con más aspereza que a los demás y sin mirarle a la cara, y le llevaba la contraria a cuanto decía sin reparo alguno y en forma despectiva. Pero esto era para mi tía, por lo que dejaba entender, testimonio irrecusable del más acendrado amor. Es posible que estuviese en lo cierto.
Me inclino a pensarlo, porque aquel caballero era en el fondo de su alma todo lo contrario de lo que representaba. Cuando pude penetrar su carácter me persuadí de que no sólo poseía una inteligencia lúcida y muy estimable cultura, sino lo que es aún mejor, un gran corazón. Era tierno y compasivo como pocos, creyente fervoroso, dispuesto a sacrificarse por los otros ocultando siempre con extrema vigilancia toda señal de debilidad. Era, en una palabra, el tipo acabado del bourru bienfaisant, que los dramaturgos franceses se complacen alguna vez en pintar en sus comedias.
Al hacerme hombre me ligué a él con afectuosa confianza. Poseía una copiosa librería, que puso a mi disposición, y le debo muchos y prudentes consejos que me han servido bastante en la vida. Su muerte fué para mí una pérdida irreparable. El, que no sonreía jamás, murió con la sonrisa en los labios consolando con palabras jocosas a los que lloraban en torno de su lecho.