Guarda aquella casa todos los recuerdos de mi adolescencia. En su despacho bañado por el sol y por el aire puro de los campos soñé poemas divinos; allí la voz de la naturaleza hizo latir mi corazón; allí cantaron en mi alma mil ruiseñores armoniosos; allí se disiparon las nieblas en que se envolvía mi infancia; allí una extraña y nueva vida oprimió mi pecho inflamándolo con un fuego sutil y misterioso; allí estudié las conjugaciones de los verbos latinos regulares e irregulares y aprendí a extraer la raíz cúbica de los números.
Vino a estrenarla igualmente con nosotros, habitando el piso principal, un catedrático de la facultad de Derecho de la Universidad. Era hombre de poco estudio pero de mucho talento a lo que oía decir, porque no me hallaba yo en estado de juzgarlo. Tenía dos hijos de mi misma edad aproximadamente, con los cuales trabé en seguida estrecha amistad. Tenía también una hija que contaba dos o tres años más que el primero de sus hermanos. Era una linda niña de catorce o quince años y esta niña tenía dos amiguitas de su misma edad tan lindas como ella que venían casi todos los días a su casa a pasar la tarde y solazarse.
No creo que haya habido nunca en Oviedo una trinidad más respetable. Un estudiante de segundo año de Derecho, que presumía de clásico las llamó las tres gracias. Dos de ellas aún viven y a pesar de los años devastadores conservan vestigios de su pristina hermosura.
Pues estas tres chicas se compadecieron inmediatamente de mi niñez y comenzaron a prodigarme los más tiernos y maternales cuidados. Una anciana de noventa años, hablando a una niña de diez, no adoptaría un acento más protector, más condescendiente que el que ellas usaban conmigo. Me atusaban el cabello cuando estaba despeinado, me hacían el nudo de la corbata, me hacían recitar fábulas, reían como locas con mis inocentes salidas y me cubrían de besos a cada instante; pero me besaban como si fuese su nieto.
La encrucijada o plazoleta donde nuestra casa se hallaba situada hervía de mozalbetes enamorados, ninguno de los cuales pasaría de diez y ocho años. Todo el primero y segundo año de Jurisprudencia desfilaban por allí diariamente clavando miradas lánguidas en los balcones. De vez en cuando también se deslizaba algún estudiante de tercero o cuarto. Se les reconocía en seguida por su decisión y osadía. Porque se plantaban descaradamente frente a la casa, sonreían, hacían guiños maliciosos y enseñaban cartas. Estos eran los únicos que lograban poner serias a mis tres abuelitas.
¡Cuánto me he divertido en aquel alegre piso, en un todo semejante al nuestro! Si quiero evocar tan felices tiempos no tengo más que acudir a la música, como siempre. Una de aquellas hermosas niñas cantaba a menudo cierta habanera que comenzaba:
| En un valle virgen |
| bajo un cielo azul. |
Cuando la recuerdo hallo de nuevo aquellas gratas horas de mi infancia y me las represento en toda su frescura.
De esta niña que cantaba el valle virgen y que murió muy joven, cayó enamorado mi buen primo (con alguna había de caer) y ella tuvo el honor de inspirarle un número prodigioso de romances, sáficos adónicos, octavas reales y octavillas. No falleció a consecuencia de esto ni tampoco de la habanera (música y letra) que la dedicó inmediatamente, sino más adelante de una fiebre tifoidea.
Pero el amor, que animaba el estro poético de mi primo, paralizaba todo el resto de su organismo. En cuanto se hallaba en presencia del objeto de sus ansias, quedaba estupefacto y mudo. Empalidecía como si viese un fantasma pavoroso y apenas se le podían arrancar algunas palabras que pronunciaba con voz temblorosa. La niña se puso al tanto, con la velocidad del rayo, del efecto que sus encantos producían y se regocijaba con toda su alma. No hay que reprocharlo demasiado duramente: a cualquier chica le pasaría lo mismo, ¿verdad amable lectora?