Era de ver a aquella chicuela de catorce años clavarle una mirada sonriente y maliciosa, que le magnetizaba, dirigirle mil preguntas embarazosas como a un inocente niño de la escuela, reír con sus contestaciones, hacer guiños a sus amiguitas, ponerse seria repentinamente, dirigirle una mirada severísima, volver la cabeza después y hablar con sus amigas como si él no estuviese allí, venirle un instante después a la memoria que mi primo no había desaparecido del planeta y mostrar por ello la mayor satisfacción y mirarle con ojos halagüeños, llevarse la mano al pelo y agitar su lindo dedo meñique de un modo impertinente y provocativo, pasar después el brazo alrededor del cuello de la amiguita que tenía a su lado y, acometida de súbita ternura, besarla repetidas veces con efusión...

Todo esto iba dirigido, no cabe dudarlo, a mantener a mi primo en el mismo estado de estupor hipnótico y de paralización orgánica. Era verdaderamente odioso.

No menos odiosos resultaban los procedimientos que las tres amigas usaban con los jóvenes estudiantes que se agitaban durante el día y parte de la noche delante de sus balcones. Unas veces tenían éstos abiertos de par en par y exhibían complacientes su rostro encantador a la admiración de aquéllos. Otras los tenían herméticamente cerrados horas y horas y los desgraciados languidecían y se secaban sosteniendo con sus espaldas los muros de la casa de enfrente que, a juzgar por su rostro contraído y el disgusto que mostraban, debían pesarles como al titán Atlas el globo terráqueo. Un día recibían sus misivas amorosas con placer, las leían en su presencia, sonreían, dirigían una mirada afectuosa al expedidor y las ponían sobre el corazón; al siguiente las dejaban caer a la calle sin leerlas y cerraban el balcón con estrépito; tan pronto les tiraban besos con las puntas de los dedos como les volvían la espalda con el mayor desprecio.

Ignoro cómo llegaron a sus manos, pero es lo cierto que poseían las fotografías de veinte o treinta estudiantes de la Universidad. Sospecho que se las procuró un correveidile dependiente de tienda, que frecuentaba la casa. Todas aquellas fotografías tenían la magnitud de los naipes, porque entonces apenas se hacían de otro tamaño, y como naipes jugaban con ellas. Se las ofrecían por el reverso como hacen los prestidigitadores; tiraban de una al azar y si resultaba ser el retrato del muchachillo que les agradaba hacían con la tarjeta mil extremos graciosos, la llevaban al corazón, la besaban con entusiasmo y decían a la imagen todas las disparatadas lisonjas que les venían a la boca. Por el contrario, si salía un antipático con las piernas en forma de sable, maldecían de su suerte, la arrojaban al suelo con desprecio y alguna vez la pisoteaban.

Aquellas funciones de mímica me divertían, y la alegría y gentileza de las tres amigas me ponían contento tanto más cuanto que cada día me mostraban mayor predilección y eran conmigo más cariñosas y maternales. Este cariño se traducía, no pocas veces, en efusivos besos, los cuales no causaban en mí frío ni calor. Ni física ni intelectualmente he sido un niño precoz. Los aceptaba como testimonio de buena amistad: alguna vez me enfadaban y era cuando me los daban hallándonos asomados al balcón. Entonces advertía que me besaban más y mejor mirando de reojo a los estudiantillos que se hallaban plantados en la calle y sonriendo maliciosamente como si quisieran darles envidia. Esto me avergonzaba y más de una vez me tengo sustraído bruscamente a sus pegajosas caricias.

Pero he aquí que cierto día, después de una de estas movidas sesiones de besos que yo levanté un poco desabrido, tuve necesidad de salir a la calle con no sé qué motivo. El público que la había presenciado se componía de tres mozalbetes de diez y siete o diez y ocho años, los cuales estaban arrimados a la casa de enfrente diciendo mil ternezas a mis amigas con los ojos ya que no con la lengua. Al verme salir uno de ellos me hizo seña de que me aproximase como si tuviese algo que decirme. Acostumbrado como estaba a recibir recaditos y a que me tratasen con no poca deferencia, me acerqué incautamente a ellos. De improviso me sujetan fuertemente los brazos y comienzan a besarme con tanta prisa y afán, que pienso me dieron más de mil besos en un minuto, riendo, al mismo tiempo, a carcajadas y mirando al balcón donde se hallaban las tres gracias.

¡Oh rabia!, ¡oh vergüenza! Luché bravamente por desasirme, pataleé, mordí, hice cuanto me fué posible para rechazar aquellas indignas caricias, pero no pude lograrlo hasta que ellos buenamente quisieron dejarme marchar. Y para colmo de humillación observé que mis amiguitas reían también como locas en el balcón hallando el paso chistoso.

Entré en casa hecho un mar de lágrimas y conté a mis tías, sofocado por la ira, el atentado de que acababa de ser víctima. La romántica rió encontrando también por lo visto delicada la chanza; pero la otra, y con ella el señor austero, ex novio de la primera, que allí estaba a la sazón, se mostraron disgustados y les oí pronunciar varias veces la palabra «indecoroso».

Así que cuando media hora después, arrepentidas sin duda de su risa, subieron las tres niñas a buscarme, les hice saber perentoriamente que en la vida volvería a poner los pies en el piso de abajo. El señor austero apoyó con todas sus fuerzas esta mi enérgica resolución.

Pero al día siguiente subieron de nuevo: mi romántica tía intercedió por ellas; no estaba allí su ceñudo ex novio; al cabo me ablandé y consentí en bajar, a condición de que por ningún motivo ni bajo ningún pretexto se me diese un solo beso.