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CABALLERÍA INFANTIL

Cómo y porqué fuí atacado de aquel humor belicoso que hizo la desesperación de mis tías durante el segundo curso de bachillerato, no lo sé yo mismo.

Si ahora ocurriese no dejaría de atribuirse a un estado neurasténico; pero en aquella época remota, Asturias era un país privado de vías de comunicación y no se conocía la neurastenia.

Aceptemos el hecho y en vez de investigar sus causas, cosa siempre difícil, analicemos sus consecuencias.

No podían ser más funestas.

Arañazos en las mejillas, contusiones en la nariz, cardenales en las piernas, desgarrones en el pantalón.

Como entonces no funcionaba la Cruz Roja en Oviedo, mis tías se veían diariamente necesitadas a intervenir con sal y vinagre y aguardiente alcanforado. Me vendaban, me recosían con delicado esmero y me sugerían los medios adecuados para no padecer esta clase de enfermedades.

Yo no quería emplearlos. Al contrario; cada vez más enardecido salía casi a diario desafiado de los claustros de la Universidad.

El campo de Marte, o sea el lugar de nuestros duelos estudiantiles en aquella época, era un lóbrego portalón de una casa solariega, vecina de la Universidad. Estaba empedrada con grandes piedras azuladas y relucientes. Cada una de aquellas piedras guardará seguramente memoria de las relaciones efímeras que mis narices han mantenido con ellas.

Pero casi tanto como la guerra me atrajo durante aquel año el amor.